La niebla

Susana Luaña Louzao
Susana Luaña DE BUENA TINTA

SANTIAGO

23 ene 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

No leí el libro Peregrinos de la herejía escrito por la canadiense Tracy Saunders, pero sí me quedé con una de sus frases: «No importa si en la Catedral está enterrado Santiago, Prisciliano o Michael Jackson», dijo cuando promocionaba la novela. Tenía mucha razón. A los compostelanos, realmente, les importa poco la procedencia de las reliquias del templo compostelano. Lo único trascendente es el calado de la leyenda. No es el único caso; la búsqueda del vellocino de oro por parte de los griegos, del Santo Grial en las culturas celtas o de El Dorado en la era de los descubrimientos son ejemplos de talismanes de existencia nunca demostrada que perduraron en el tiempo por la fuerza de su misterio. Por miles y millones de páginas y de sesudos tratados que se hayan hecho en torno a estos enigmas, nadie ha podido explicar por qué sus laberintos atrajeron a generaciones de estudiosos empeñados, no tanto en resolver el misterio, como en perpetuarlo. Santiago, la Ruta Xacobea, Fisterra, el juego de la oca y la concha de vieira forman parte de un imaginario colectivo que condujo a ejércitos de peregrinos al final del Camino atraídos por la belleza de lo inexplicable e inexplicado. Solo una imagen puede alcanzar la misma fuerza que el mito, y esa imagen la captó el gran Xoán A. Soler en una mañana de niebla sobre la que emergen, poderosas, las torres de la Catedral. El misterio está allí abajo, y es tan potente como esa fuerza que hacía levitar a Castroforte del Baralla cuando se confabulaban las criaturas de Gonzalo Torrente Ballester en La saga/fuga de J.B. Quizás Santiago levite también en los días de niebla, ensimismada en su grandeza.