La movilidad en las ciudades está en evolución constante y la vida cotidiana toma la delantera aceleradamente, una y otra vez, a los responsables públicos. Pasados 25 años desde la peatonalización del casco monumental -cuya lógica aplastante pronto acalló la limitada contestación social-, Compostela no ha sido capaz de aplicar nuevas medidas para poner orden en sus junglas de asfalto más que para ensanchar aceras, expulsar coches del centro y saquear los bolsillos de sus propietarios conduciéndolos hacia los párkings subterráneos. Supeditados a la mejora en cobertura, puntualidad y frecuencias más que a una estructura de tarifas que hace tiempo alcanzó suficiente calado social, los avances para fomentar el uso del transporte público son tan lentos como los destinados a impulsar medios alternativos. El Concello ha tirado la toalla del carril-bici por incompatibilidades urbanísticas que no son obstáculo en otras ciudades y se aferra al concepto facilón de la «pacificación» del tráfico para conciliar tan dispares intereses. Reducción de velocidad a treinta por hora como máximo en todo el centro urbano y señalización de prioridad para el pedaleo. Es lo más sencillo y lo más barato, pero no resuelve el problema de inseguridad del más débil. Tampoco da respuesta a las nuevas formas de movilidad, llámense bici -¿para cuándo un servicio público eficaz?-, patinete, skate, segway o fast wheel. Pienso en ello tras frenar súbitamente mi coche ante el paso de peatones de la rotonda inferior de Sar para que cruce un hombre que viene veloz por la acera en patinete eléctrico. Y me convenzo de que en esta jungla los débiles no siempre son quienes parecen serlo.