La apertura de la autovía A-54 entre Lavacolla y Arzúa, una muy positiva aunque tardía noticia, enfatiza el deplorable estado de conservación del tramo Lavacolla-Santiago (SC-20) de la misma vía de alta capacidad, que desde su apertura en 1999, cuando José María Aznar y Manuel Fraga cortaron la cinta inaugural, no ha sido sometido más que a remiendos que, uno sobre otro, solo han servido para zurcir de mala manera los rotos de esa decena de kilómetros de asfalto, sin una intervención de mayor calado como requiere un acceso a Santiago que ha soportado siempre elevada intensidad de tráfico, no solo por ser la conexión de la capital con el aeropuerto, sino también por confluir dos carreteras nacionales y dar servicio a la zona norte del municipio. En la foto de la inauguración en aquel lejano Xacobeo estaba Bugallo en su primer año de alcalde, y ahora que reverdece su mando en Raxoi, deberá no solo vigilar que los tramos que faltan de la A-54, entre Palas y Arzúa, se ejecutan al ritmo previsto para acabar en el 2022, una vez confirmado que esta autovía del Camino Francés tampoco estará completa para el próximo Xacobeo; además, el alcalde puede utilizar su buena sintonía con el delegado del Gobierno -que anunció 55 millones para renovar 800 kilómetros en Galicia este año- o desempolvar su demostrada capacidad peleona ante Madrid para rescatar del abandono, tras más de diez años de crisis en los que la falta de inversión pública se ha ensañado con el mantenimiento de las carreteras, este y otros tramos de alta capacidad por los que cada día se mueven miles de compostelanos y visitantes. El periférico es otro caso palmario.