En este país donde tanto corremos en busca de rendimientos inmediatos, en lo individual; y el cortoplacismo frustra las políticas que pueden mejorar nuestras condiciones de vida, en lo colectivo... hay que tener arrestos para abstraerse y encender las luces largas, para ver aquí y allá, analizar y extraer conclusiones que orienten decisiones transformadoras. La base socioeconómica de Compostela vive sumida en la dicotomía entre la avidez de lo inmediato facilón y el reto mayúsculo -tal vez el más importante que tiene por delante la ciudad- de dar profundidad y solidez a su forma de generar riqueza, de captar oportunidades de emprendimiento y de crear empleo solvente. Obnubilados a lomos de la gran ola turística que, con el Xacobeo 21 a la vista, no hace más que crecer y crecer, es muy de la condición humana buscar una mina de oro en los pisos de alquiler reconvirtiéndolos como viviendas turísticas, y así estamos en el bum desordenado que se expande tanto por el casco monumental como por el Ensanche -¡por una vez, en algo confluyen las dos ciudades!-, y vemos que los negocios que más prosperan -o eso parece- son los de hostelería. Es el rendimiento del cortoplacismo. Pero hay que huir del espejismo y poner las bases de un nuevo futuro productivo aplicando todos los incentivos posibles a la Compostela más innovadora. El gobierno local ha empezado a hacerlo mirando a Viana do Castelo, un caso de éxito a la medida de Santiago. Para contrarrestar la falta de autonomía municipal en estas políticas, es imprescindible la colaboración de las administraciones, y de estas con la iniciativa privada, sin resquicios para esa codicia electoral que, aquí sí, sería imperdonable.