Sin entrar a valorar si la cara de la arquitecta y dirigente de Vox Rocío Monasterio es de cemento armado o de hormigón asfáltico, que en ese rango de materiales anda la duda, hay que reconocerle a ella y a su partenaire Espinosa de los Monteros una extraordinaria habilidad, que es haber visto las posibilidades de explotación de los espacios industriales y comerciales en soluciones habitacionales atractivas.
La pareja no inventó nada que no funcionase antes en ciudades de intensa presión inmobiliaria, como Nueva York, pero supo captar las necesidades y hasta las aspiraciones de una generación que quería vivir en calles satélites de los mejores barrios de Madrid en los momentos en los que la burbuja crecía y crecía.
Bajemos a la tierra. Tras el pinchazo, la crisis económica y las ventas por Internet han arrasado el tejido comercial. En ciudades como Santiago solo dos o tres calles muy céntricas aguantan el tirón a costa de una alta rotación de los negocios, mientras que en barrios como Conxo, Pontepedriña o Salgueiriños los locales que algún día gozaron de actividad hoy tienen el cartel de alquiler y los cristales sucios, mientras que en otras zonas más periféricas no han logrado ni siquiera sacudirse los ladrillos originales porque nunca hubo interés real.
La ecuación sale. Si uno de los mayores problemas de los jóvenes es acceder a una vivienda, y resulta que a esas edades pocas cosas más molonas hay que vivir en un loft, ¿a qué espera el Concello de Santiago para facilitar la reconversión de estos bajos en viviendas para promover el alquiler? Con licencia, claro.