TSilvia es pediatra y tenía un consultorio en Venezuela. Era ella quien ayudaba a su familia. Su marido, chef y administrador. Luis y Carolina, abogado y administradora, con un hijo de solo 3 años, tenían un supermercado en el mismo país. Richard Gutiérrez no encontró empleo en su Uruguay natal tras quebrar la última empresa para la que trabajaba como pintor. «En mi país a los 40 años ya eres viejo para muchas cosas», dice. Escuchar sus historias pone los pelos de punta y demuestra, una vez más, que el destino puede ser muy caprichoso. De poder ayudar a sus familias económicamente, han pasado a ser ellos los que precisan de ese apoyo al estar viviendo situaciones impensables hace unos años debido a la falta de recursos económicos. Solo el salvavidas otorgado por Cáritas en forma de vivienda en una casa de acogida en Marrozos, además de comida y otras ayudas, les permiten mantener la esperanza de luchar por un empleo que los acerque a cumplir el sueño con el que llegaron. Silvia, pendiente de que le homologuen su título, vería con buenos ojos trabajar en un supermercado. Luis, abogado, explica que sin permiso de trabajo hasta es imposible ejercer de repartidor. Sus relatos hacen reflexionar. Mañana cualquiera de nosotros puede estar viviendo su misma situación. Quizás tengamos que vender nuestra vivienda, nuestro negocio y afrontar serias dificultades para llegar a fin de mes cuando con anterioridad hasta nos podíamos ir varias veces de vacaciones al año. Ninguno tenemos nuestro destino asegurado, y de ello deberíamos acordarnos muchas más veces. Silvia, Luis o C**arolina podemos ser cualquiera.