La pandemia ha dejado dos hitos en la historia de las sesiones plenarias en el Pazo de Raxoi: el estreno del formato telemático y el pleno más largo, doce horas. Pero no dejó el récord por el que debieran pugnar nuestros munícipes: el del interés de los ciudadanos por lo que debaten como si no hubiese un mañana. Lo ocurrido en la maratoniana cita en Raxoi del pasado miércoles da motivos para pensar que las reuniones del principal órgano de representación de los ciudadanos pueden ser instrumentalizadas por unos y otros más allá de lo legalmente establecido. Tiene sentido defender que un pleno extraordinario como el solicitado por el grupo municipal del PP para tratar un tema molesto para el gobierno socialista como es el de la dilación de los trámites para la cesión del terreno de A Sionlla donde tendrá sede el polo biotecnológico no debe ser convocado a continuación de otro ordinario que cabía suponer no ventilaría en un visto y no visto más de medio centenar de asuntos que conformaban el orden del día, incluyendo interpelaciones, ruegos, preguntas de respuesta oral y escrita y mociones. Y eso sin contar las tres intervenciones ciudadanas. Fijar el pleno extraordinario incómodo acto seguido de semejante atracón bien pudiera obedecer a un intento de minimizar la repercusión de lo que allí se iba a decir, cuando no aplacar la virulencia de la oposición a fuerza de provocar su desfallecimiento, que también pudiera ser. Desde el lado del gobierno, igualmente tienen motivos para pensar que hubo una estrategia de sus rivales para dilatar el pleno ordinario -que solo tuvo pausas para comer y para un acto de entrega de un premio en un salón contiguo- y provocar su aplazamiento. No caigamos en la ingenuidad idealista de que se puede recuperar el espíritu participativo del ágora o el foro, pero tampoco piensen ustedes, edilas y ediles, que forzando sus minutos de gloria, aun en el caso de algún orador brillante como hay en Raxoi, van a conseguir interesar a sus vecinos: como mucho, el streaming habrá tenido una audiencia media de una veintena de personas, contando al personal que trabaja en los respectivos grupos y a los sufridos periodistas encargados de convertir semejante panzada en una completa información digerible en diez minutos.