En la biblioteca

Cristóbal Ramírez

SANTIAGO

Me atraen las bibliotecas. Y en los últimos años lamento que se hayan anquilosado en una concepción rígida propia del pasado, porque aquí no cambió en siglos la idea de qué es y para qué sirve una dependencia como esas.

Las hay de dos tipos, y máxime en una ciudad como Santiago. Unas son lugares de estudio. Bueno, tiene que haber de todo. En efecto, debe disponer de un espacio el investigador, el curioso y el estudiante.

Pero es necesario contar con bibliotecas modernas. Es decir, auténticos puntos de encuentro, que cuando llueva vayan allí los padres con sus vástagos a ver y a hablar con otros padres con vástagos. Y si es posible, que tengan una cantina o café. Como en toda la Europa desarrollada, vamos.

Viene a cuento lo anterior porque he ido a la biblioteca de la Cidade da Cultura, que, al igual que la Ánxel Casal, es una maravilla diseñada para lucimiento del arquitecto, no pensando en el usuario. En mi voz baja le pregunté a un hombre joven por unos libros. Cordial pero firme me pidió que hablara aún más bajo porque había gente estudiando. Vio mi cara de asombro y añadió que aquello era una biblioteca y que había que estar en silencio.

El hombre tenía pocos años pero su concepto de una instalación como esa era de viejos tiempos. Le expliqué de pasada que en las bibliotecas de Finlandia, Dinamarca o Gran Bretaña no había que mantener ese silencio sepulcral. «Pues en esta sí», zanjó con mucha menos cordialidad que unos segundos antes.

Quizás sea así. En ese desastre arquitectónico que es esa dependencia del Gaiás igual hay que mantener el silencio de los cementerios, lo ignoro. Pero de tener él razón está claro que este país sigue negándose a vivir en el futuro.