Relumbrón

Ignacio Carballo González
Ignacio Carballo LA SEMANA POR DELANTE

SANTIAGO

20 nov 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Ahora que nuestros políticos se afanan en trazar la hoja de ruta de Compostela que nos presentarán para el período 2023-2027 (nuevamente año santo este último, por cierto), no estaría de más que consiguieran aportar una buena dosis de ilusión a la ciudad, pero que lo hagan sin artificios, sin inventos estratosféricos, sin pretender situarla en el mapamundi, porque ya lo está, y señalada en trazos gruesos, gracias a los Caminos jacobeos y a su monumentalidad. La capital gallega no necesita alardear de jugar en la primera división de las ciudades despreciando a otras, como hizo ayer el alcalde de Vigo al imponer su reinvención lumínica de la Navidad frente a iniciativas de otras urbes, españolas o extranjeras. Viva la prepotencia. No hay Navidad en el mundo hasta que él le da al botón. Y quien pretenda retar a Vigo, será castigado, como lo fue el alcalde de Nueva York, que después perdió las elecciones. Sirvan estas risibles «boutades» para ir de un extremo al otro: por un lado, el manejo político que alimenta y se retroalimenta de la identificación de los vecinos con su ciudad, en sentido excluyente llegado el caso, azuzando constantemente este sentimiento para convertirlo en su leitmotiv ideológico: el paradigma del localismo. Por otro lado, la ciudad vivida en sentido pleno por sus vecinos, una identificación natural que estalla en la calle, se manifiesta en el paseo y en el espacio público como lugar de encuentro y de esparcimiento, donde no hacen falta fuegos de artificio para espolear el orgullo de ciudad. ¿Dónde ubicamos a Compostela entre los dos extremos? En el primero no encaja y difícilmente los santiagueses admitirían semejante instrumentalización política del orgullo picheleiro. Hubo un intento bienintencionado, años ha, bajo la etiqueta de un autodenominado «neocompostelanismo», amable pero condenado al fracaso. Los ismos localistas encajan mal en Santiago, porque si hay una ciudad en Galicia que puede competir en la liga de campeones —por remedar a Caballero con sus vatios— de la universalidad, esa es la del Apóstol. Simplemente, porque es la más sentida por el conjunto de los gallegos y admirada por los foráneos. No necesita más fuegos de artificio que los del 24 de julio, pero sí políticas realistas que inyecten ilusión de ciudad.