Santiago es Patrimonio de la Humanidad, ¿se acuerdan? El próximo jueves se cumplirán cuarenta años desde que la ciudad histórica recibió el título de la Unesco, pero quienes supuestamente rigen los destinos de la capital y nos representan, ya sea desde el gobierno o desde la oposición, están tan entretenidos tirándose los trastos a la cabeza que todo parece indicar que están dejando pasar por alto una fecha que debería hacerles y hacernos reflexionar a todos sobre lo conseguido en estas cuatro décadas —a ojo de buen cubero, cabría decir que sobran los últimos tres lustros— para sacar conclusiones que puedan servir de punto de partida para frenar el evidente declive de la capital y empezar a remontar, que ya va siendo hora. La declaración de Santiago como Patrimonio Cultural de la Humanidad, el 4 de diciembre de 1985, fue mucho más que un acto cargado de simbolismo que inyectó una buena dosis de orgullo a una ciudad adormecida en su monumentalidad. Fue el espaldarazo necesario, junto a los reconocimientos internacionales que llegaron a continuación —entre ellos, idéntica declaración para los tramos españoles del Camino de Santiago, en 1993— para poner de acuerdo a las administraciones públicas sobre la urgencia de revitalizar una ciudad necesitada, en primera instancia, de políticas contundentes de protección y rehabilitación de su conjunto histórico para fomentar su habitabilidad, no solo su lucimiento, y, en el conjunto del casco urbano y del municipio, la dotación de grandes infraestructuras y equipamientos de los que carecía, además de contribuir a proyectarla al mundo con un discurso cultural contemporáneo más allá de las lecturas románicas, barrocas o renacentistas impresas en sus fachadas de piedra. Eso fue posible desde el motor de la propia ciudad, porque había políticos que miraban un horizonte posible y buscaron consensos sin aferrarse a sus siglas ni a sus poltronas ni a sus dogmatismos. ¿Consensos? ¿Eso qué es? ¿Un fósil en estos tiempos de radical polarización? Comencemos por ahí la conmemoración de aquel día en el que el mundo entero volvió la vista hacia Compostela, porque sin un impulso de ciudad, trascendiendo las luchas partidarias, nada va a ser posible.