El decorado

Ignacio Carballo González
Ignacio Carballo LA SEMANA POR DELANTE

SANTIAGO

01 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Por obra y gracia de las andanzas animales nocturnas de Romasanta, el casco monumental de Santiago volverá pronto a las pantallas con la producción en marcha para Netflix. Público de todo el mundo podrá admirar las plazas de Praterías y A Quintana inmutables al paso del tiempo, excelentemente conservadas, pero no podrá ser consciente del declive vital de esa parte de Compostela, que seguramente tendrá más vida propia en la serie de televisión que en el día a día de la ciudad. En esta altura del invierno, en la que baja la marea turística y los restaurantes y los hoteles se van de vacaciones, las calles y plazas monumentales, abarrotadas el resto del año por los foráneos, quedan reducidas a un escenario vacío, excepto que en él se desarrolle una producción televisiva. Realismo espectacular frente a la mentirijilla del cartón piedra, y mucho más barato. Es la metáfora del drama que arrastra desde hace mucho tiempo esta parte de la ciudad, por políticas que no han conseguido frenar su sangría demográfica porque no han hecho la apuesta necesaria, en todas sus dimensiones, para que las siete mil viviendas del ámbito resulten atractivas, confortables y económicamente asequibles, para que las familias puedan hacer en ellas, de un sueño, realidad. Después de seis décadas de pérdida continuada de vecinos asentados en las calles de piedra y tres de flamante rehabilitación que no ha logrado frenarla —se ha pasado de aproximadamente 15.000 a 3.000 en el mismo período—, la zona sigue esperando ser tratada como un lugar para vivir y no como una postal para turistas o como un decorado de película. Las medidas de mínima cirugía inmobiliaria son paños calientes que están bien, pero sirven de poco ante un problema mayúsculo como este. La flexibilidad de las normas para mejorar la habitabilidad de las viviendas debe acompañarse de una intervención económica para favorecer la accesibilidad a ellas, combatiendo al tiempo la especulación. De lo contrario, en muy poco tiempo el casco histórico será un espacio fantasmagórico de hombre lobo cuando los turistas se vayan a sus autobuses o —en el mejor de los casos— a sus camas hoteleras, y aquí no quedará nadie más. Solo un escenario vacío.