Las tabernas son en el mundo rural gallego lo que las iglesias en los fríos países de ese norte europeo ahora amenazados por el nuevo imperialismo estadounidense y ruso: puntos de encuentro. Indispensables aquí y en Chile, porque en todas partes existen esos lugares donde uno se pone al día de las novedades y donde se socializa, se conoce a los nuevos vecinos y se reavivan las amistades. Y el hecho de que las ciudades en general y Santiago en particular posean otra dinámica totalmente distinta no solo anula el valor de las tabernas sino que las refuerza. De hecho en las ciudades las hubo también, generalmente pensadas para quienes venían de fuera hasta que se convirtieron en lugares de moda para todos, apoderándose incluso de su estética.
En la comarca compostelana quedan todavía unas cuantas tabernas que son joyas. Algunas, como la de Elena y José en Trazo, lleva ya muchos años cerrada y en su momento fue una auténtica ágora. Otras se han reinventado sin perder un ápice su carácter rural. Y quizás el mejor ejemplo sea el de A Pobra, en Mesía, al pie de las ruinas de su castillo, ahí al lado si bien poco conocida.
Ir a la taberna de A Pobra es encontrarse en la Galicia eterna, con los clientes —todos de los alrededores— hablando un gallego riquísimo a años luz de la impostura de lo que se oye por las calles de las ciudades, en buena parte del Parlamento y en los institutos y colegios. Si, además, la cocina es no solo la auténtica del país (hasta hay tripas, algo prácticamente desaparecido fuera de la zona de Ferrol) sino muy bien elaborada y sustituye los experimentos gastronómicos por la calidad, entonces miel sobre hojuelas. ¡Larga vida a las tabernas gallegas!