Podría decirse que vale para todos los gallegos, y quizás quien tal afirmación tenga razón, pero en Santiago, con una veterana universidad, la cosa chirría un poco más: el pasado solo se conoce a jirones. ¿Qué antigüedad tiene la estación de tren? ¿Cuándo se empezó a construir el Ensanche? ¿Por qué puerta entraba el vino? ¿Hace falta seguir? Y, si miramos los alrededores y la comarca, seguro que habrá quien se eche a llorar. Sí, el Pico Sacro está relacionado con la leyenda del Apóstol, en Padrón se guarda el pedrón y pare usted de contar.
Por eso, a medida que pasa el tiempo las pocas obras de investigación se vuelven más valiosas. Por ejemplo, Inmunda escoria, el libro que firma Ricardo Gurriarán, que ni se muestra neutral ni intenta serlo pero que aporta y estructura tal cantidad de hechos que lo procedente es hacer una reverencia.
El volumen se refiere a las protestas estudiantiles en la ciudad entre 1939 y 1968. Y al leerlo, además de reconocer lugares comunes, resulta imposible no admirar las difíciles condiciones en que fue escrito, con una legislación que aún hoy mantiene bajo llave la vida oficial de hace decenios, sin duda consecuencia indeseada (e intolerable) de los enfrentamientos fratricidas por los que este país ha mostrado tanta querencia. Lo cierto es que el investigador no solo necesita fuentes orales, siempre valiosas pero en ocasiones inexactas, sino también papeles.
En resumen: gran libro, pero la historia universitaria local desde 1968 está por escribir. No me digan que no es triste, porque algunos de los que la protagonizamos —tanto desde la ultraderechista Defensa Universitaria como todos los de la izquierda— todavía estamos vivos. Por ahora.