Mi oculista es la doctora Porrúa. Pienso que es una profesional de primera línea, obviamente, porque de lo contrario habría buscado otro. Pero tal detalle no menor aparte, y sabiendo que alguna hiperradical se va a poner de los nervios si sigue leyendo, añado que es la elegancia en persona.
Algunas nacen con ese don, que no tiene nada que ver con su poder adquisitivo. Otros, desde luego, no podemos presumir de él, pero cuando acudo a que me vea los ojos, como cuando voy a cualquier otro médico, intento ir vestido de una manera al menos decorosa. No llevo la incómoda corbata que casi he desterrado, pero tampoco voy enseñando el ombligo y los pelillos adyacentes.
Viene lo anterior a cuento porque hace unos días me encontraba en la sala de espera de la clínica donde consulta mi doctora (y por supuesto no voy a decir cuál es) y allí pasé un buen rato. Evitar mi asombro me resultó ciertamente difícil. Las mujeres iban lo que se puede decir normal, bien vestidas, como suele ir la mayoría de ellas (lo sé, lo sé, esta frase es un micromachismo). De los hombres, franca minoría en total, nadie afirmaría lo mismo. Tres en pantalones cortos, dos de ellos con chanclas como si de la playa se tratara (uno arrastrándolas notoriamente), el tercero con camiseta extraordinariamente corta que permitía mostrar su prominente abdomen. Y no, no fue uno de esos días de calor abrasador.
¿Tiene eso importancia? Establecer límites en el lenguaje (los tacos están en los medios en el orden del día) y en la compostura es fundamental para cohesionar la sociedad y no acabar todos juntos en el fango, que es lo que quieren los tecnobro: todos iguales por abajo y ellos dirigiendo el mundo por arriba.