Fue Rainer María Rilke quien escribió que la verdadera patria de las personas es su infancia. De ser cierto, y creo que lo es, la infancia de nuestros hijos, que acaba fundida en el íntimo recuerdo de cada uno con la propia, compone ese paisaje que con frecuencia denominamos, para entendernos, el hogar. Un hogar que tiene desde la primera infancia hasta el inicio de la primera juventud dos lugares de referencia primordiales: nuestra casa y nuestra escuela.
El pasado viernes falleció en Compostela, rodeada de los suyos, María Dolores Durán Rey, a quien todos los que tuvimos el privilegio y la fortuna de tratarla conocíamos como Maruxa, su nombre de familia. Junto a un grupo de magníficos docentes, Maruxa y Fausto —su esposo, y compañero de una vida—, Fausto y Maruxa, fueron durante medio siglo el corazón vivo del Colegio Alca de Santiago, que hoy dirige, también Fausto, el segundo de sus hijos. Un proyecto educativo que ha tratado de ser siempre no solo un lugar para formarse sino también un espacio familiar donde educarse, donde aprender a crecer en el más pleno y digno sentido de ese término.
Ubicado en el precioso lugar rural de Biduído, por las aulas del Colegio Alca —nuestro cole— han pasado durante medio siglo tres generaciones de alumnos que hoy desempeñan las más diferentes profesiones tras haber estudiado en la mayoría de los casos en la universidad. Todos, seguro, tienen en su memoria la imagen de Maruxa: la de la dulzura, la elegancia y la exquisita buena educación.
Su hija Marina, en las hermosas palabras que le dedicó el sábado en el emocionante funeral que reunió a muchos de los que la quisimos y de los que le estaremos eternamente agradecidos por su amabilidad y su talante, siempre acogedor, recordaba que en Maruxa se unían la insobornable vocación docente —la del maestro en el más completo y complejo sentido de la palabra— y su capacidad de liderazgo, que tuvo la responsabilidad de ejercer durante años como jefa de Estudios del colegio que marcó gran parte de su vida y la de tantas familias santiaguesas, de origen o adopción.
Quienes hemos tenido en la vida la suerte de tener buenos maestros, de beneficiarnos de su saber, y de su capacidad y generosidad para transmitirlo, no olvidamos hasta qué punto somos lo que todos ellos nos han enseñado y han hecho por nosotros. «Escuela y despensa», reclamaban nuestros regeneracionistas, conscientes de que la una y la otra suelen ir siempre de la mano.
Casi treinta años después, rememoro aun con claridad el día que Marga y yo conocimos a Maruxa, recuerdo su cordialidad y su cariño y la tranquilidad con la que tras conocerla pusimos en sus manos lo más importante que teníamos. Como tantas otras madres y tantos otros padres. Creo poder hablar por todos, y también por sus compañeros y colegas, cuando expreso el dolor por una pérdida que nos deja huérfanos de quien es ya inolvidable para todos.
Descansa en paz, querida Maruxa.