Pues no, no va a servir de mucho este cierre perimetral que probablemente no se levantará este martes en los concellos de Santiago, Ames y Teo, o tal vez sí para sustituirlo por los cierres de fin de semana de las ciudades, como dejó caer Feijoo. Porque confinar Santiago es poco menos que intentar ponerle puertas al mar, salvo que funcionarios, estudiantes y otros colectivos de movilidad obligada desde sus lugares de residencia sean forzados a restringir sus idas y venidas. Y ya hemos visto cómo funcionan las llamadas a la responsabilidad y al sentido común como la que hizo, en alusión explícita a los universitarios, el conselleiro de Sanidade el viernes, apenas tres horas antes, es verdad, de la entrada en vigor de las nuevas restricciones: que no se marchen, que no pongan en riesgo a sus familias. «Toque de fuga», tituló de forma muy expresiva La Voz en Santiago a la vista de la gran desbandada. Es que no tenemos remedio. Anteponemos los intereses particulares a los colectivos incluso con la más nimia de las excusas, como si aquí no pasara nada. Quien quiera saltarse las normas restrictivas no va a tener que buscar en su navegador demasiadas rutas de fuga, porque los controles en las carreteras dejan mucho margen por donde escapar. Ahora bien, ¿tendrían que ser necesarios? No le falta razón al doctor Juan Gestal cuando afirma que los cierres perimetrales son poco efectivos, porque con actitudes irresponsables nos encargamos de dinamitarlos y porque el virus no deja de circular dentro de ese perímetro, más o menos amplio. Por eso sugiere abiertamente que nos quedemos todos en casa, pero no ya como simple recomendación. De seguir así, no tardemos en volver a ese estricto confinamiento.