Un largo bosque y la aldea abandonada de Novais llenan de encanto a Portomouro
VAL DO DUBRA
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La ruta por Val do Dubra cuenta con una exuberante naturaleza en el entorno del Tambre
07 dic 2024 . Actualizado a las 05:05 h.Portomouro, en Val do Dubra, nunca figurará en el catálogo de pueblos con encanto, pero sus alrededores vaya si lo tienen. Y de lo que puede presumir es de una exuberante naturaleza en el entorno del río Tambre, que justo ahí, en el puente que permite salvarlo rumbo a Carballo y Santa Comba, deja atrás un cañón impresionante y de difícil visita. En realidad, por la margen derecha esta última afirmación no es del todo cierta: la visita no es que sea difícil, es que es imposible. Un espectáculo de la naturaleza, en suma.
Una docena de kilómetros separan la capital de Galicia de Portomouro. Y ahí surge el primer problema: aparcar el coche resulta misión casi milagrosa, y al fin se logra a respetable distancia del puente.
Frente a la gasolinera arranca la rúa do Rueiro, río arriba, una calle estrecha con algunas casas muy bien rehabilitadas y un hórreo a la derecha que se merece un notable, con teja curva gallega, cruz y pináculo rematándolo por arriba, y no llega al sobresaliente porque en la parte inferior lo ultraja el cemento.
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A la diestra en la bifurcación, quedando a la misma mano otro hórreo y un pozo, para dejar de ser rúa y convertirse en ancha vía terrera. El Tambre va a un centenar de metros, pero solo se ve a retazos entre los árboles que dan vida al bosque de ribera.
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Se pasa bajo el tendido eléctrico y por primera vez se oye el ruido —pura música— del agua al crear unos rápidos. Y en la siguiente bifurcación, a la derecha de nuevo, suavemente descendente y sin preocuparse porque parece que se acaba, pero no: continúa por un pinar.
Solo se lleva un cuarto de hora cuando aparece otro camino, precioso, que permite llegar hasta la orilla. Ahí fue cortada toda vegetación y el enclave resulta idóneo para parar, hacer fotos en las que se reflejen las aguas claras y la escasa profundidad, sentarse y tomar algo.
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Continuando pegado a la orilla, el sendero, con vegetación no muy espesa, conduce al camino principal abandonado poco antes. Y hay que seguir unos minutos más y plantarse ante una zona aterrazada. ¿Un castro? Dudoso. Y ahí, en un punto, arranca a la izquierda un sendero que obliga a ascender —quince o veinte metros incómodos y con pendiente fuerte, pero no imposibles para menores— y remata en una pista de tierra muy ancha. Por supuesto, a la derecha. Empieza un tramo muy largo simplemente maravilloso, en la soledad total. Queda una marca de ruta de senderismo, desvaída, pero desde luego nadie o casi nadie transita esa ruta que discurre todo el tiempo por el medio de un bosque muy denso. El Tambre, a medio centenar de metros si bien invisible porque esto es pura selva gallega.
No es el caso ahora mismo porque el calor se ha ido, pero cuando las piernas llevan media hora larga un minúsculo y bonito salto de agua alegra la vista y permite refrescar el cuerpo. Al parar ahí, el visitante se da cuenta de que ha ido subiendo muy poco a poco, con la corriente bien abajo.
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En la bifurcación, a la derecha, pequeña bajada, unos metros quizás encharcados, subida corta con tres cuartos de hora en las piernas y cinco minutos más para ganar una pista asfaltada. Lógicamente, diestra y a los ochocientos metros, fin: esa es la aldea abandonada de Novais, con los restos de su histórico templo.
La vuelta, por el mismo camino pero sin descender por donde parecía un castro, sino siguiendo de frente.