«Me incomodaba la gente que me mostraba compasión»

Antonio Paniagua MADRID

SOCIEDAD

11 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

Cuando el actor Michael J. Fox se despertó en una lujosa suite de un hotel de Florida y vio cómo temblaba su dedo meñique, pensó que tenía resaca. Sin embargo, era la primera señal de que padecía párkinson. Pese a la enfermedad neurodegenerativa, Fox tiene prohibido compadecerse de sí mismo e incluso se considera una persona con suerte. En sus memorias, Un hombre afortunado (Maeva), asegura que los diez años posteriores al diagnóstico de su dolencia han sido los mejores de su vida. A lo largo de 300 páginas, el actor relata cómo salió del alcohol y superó el bache profesional que coincidió con su mal estado de salud. Michael J. Fox, quien saltó a la fama con la película Regreso al futuro , pidió un segundo diagnóstico, que fue igual de demoledor. «Resuelto a no ver a ningún neurólogo a menos que un huracán me lo trajese volando por las ventanas del cuarto de estar, hice que mi internista me recetara unos medicamentos». Troceaba las pastillas, desperdigadas en sus bolsillos, y se las tomaba como si fueran caramelos. «Nadie, fuera de mi familia y mis colaboradores más cercanos, podía saberlo». Y así transcurrieron las cosas hasta que, siete años después, Fox anunció al mundo, en noviembre de 1998, que sufría párkinson.Llegar a ese trance fue duro. Michael J. Fox era joven, vivía feliz con Tracy Pollan, con la que se casó en 1988, aunque su estrella como actor empezaba a declinar. Fox tuvo mala suerte: el párkinson juvenil, el que él padece y afecta a personas con menos de 40 años, apenas supone un 10%. «Por una vez, desafiar el patrón común no me producía la más mínima satisfacción». Botellas de vino El intérprete canadiense se empeñó en negar la enfermedad y se refugió en el alcohol. Se pimplaba dos botellas de vino en la cena: «Había noches en que me levantaba de la cama cuando Tracy ya se había dormido y seguía bebiendo». Fue tras una juerga descomunal en la que tragó toda la cerveza, tequila y vodka que le cupieron en el estómago cuando tocó fondo. La enfermedad y la cuesta abajo por la que se deslizaba su carrera cinematográfica obligaron al actor a replantearse muchas cosas. «Quería encontrar trabajo, pero tenía que ser un trabajo que me gustara». La oportunidad se la dio Woody Allen, a cuyas órdenes rodó la serie de televisión Don't drink the water .Jugar con un lápiz o una taza de café eran pequeños trucos que permitían a Fox enmascarar los temblores del párkinson ante su mujer y su hijo Sam. Pero harto ya de disimular, decidió mostrarse tal cual era, con sus tics y movimientos convulsivos. Para su sorpresa, su familia deseaba tanto como él abandonar el engaño. Con ayuda de su psiquiatra y después de muchos titubeos, por fin confesó a la revista People que padecía párkinson. «Mucha gente se acercaba a mí con un espíritu de compasión o incluso de pena, lo cual, al menos hasta que lo entendía mejor, me incomodaba mucho».Ahora Fox ha creado una fundación que lleva su nombre y ha comparecido en el Senado estadounidense para pedir que el Gobierno asigne fondos a la investigación de la dolencia y a experimentos con células madre.