No sé si será el verano, pero las cosas que se están viendo últimamente parecen no tener mucha explicación. Por ejemplo, ¿les parece normal que se coloque (o lo que sea) una oficina postal en el fondo del mar? ¿Es que las rayas mandan postales? Pues eso mismo hicieron en la costa de Hideaway, que seguro que a ustedes les sonará a chino, como a mí. Menos mal que existe Internet (¿había vida antes de Internet?) y me he enterado de todo: Hideaway forma parte del archipiélago de Vanuatu, que son 83 idílicas islas entre Nueva Caledonia y Fidji, que acaba de recibir el estatus de paraíso marino. Con tal motivo han ideado este chiringuito, a tres metros de profundidad. Ya ven qué agua tan cristalina, a la que, como se ponga de moda, le van a quedar dos telediarios. Lo que sale siempre en los telediarios son las protestas curiosas. Uno ya está tan habituado a la pancartita y el eslógan que tiene que haber algo singular para traspasar las fronteras y que hablen de la manifestación de turno más allá de la tele local. En esa línea estamos viendo que nada hay más atractivo que el cuerpo humano. A poco que te desnudes, ¡zas!, apareces por media Europa en prime time. Reconocerán que el precio es bajo si la finalidad es buena y el cuerpo también. Así, tenemos el ejemplo de dos chicas inglesas que quieren evitar las cacerías del zorro -que por muy británicas que sean son una salvajada (véase si no Mary Poppins o Tod y Toby)- y por eso han decidido desnudarse ante el Parlamento. Bueno, se pintaron un coqueto traje de amazona aunque, por aquello del tirón mediático, se dejaron las posaderas al aire. La versión española del asunto la tienen ustedes al lado. Es un poco cutre, aunque la causa es similar: evitar que se maree a los toros en los festejos de San Fermín, en Pamplona. La joven decidió que con unos cuernos de plástico -se ve que a la chica nunca se los han puesto, porque si no igual no los exhibía tan alegremente- estaba bien aderezado el disfraz, amén de una sencilla (y fea, es verdad) ropa interior. Termino con Sean Connery. El escocés es el peor imitador de acentos de la historia del cine, según la revista Empire. Los trabajos que le han dado semejante premio son sus papeles de irlandés en Los intocables, de ruso en La caza del Octubre rojo y de rey de Inglaterra en Robin Hood. Al parecer, en ninguno pierde la erre de barítono escocés que tiene (críticos dixit). Le siguen en este vergonzoso ránking Dick Van Dyke (muy poco barriobajero en Mary Poppins) o Brad Pitt, menos australiano que yo en Siete años en el Tibet. Nadie es perfecto.