NO es que llueva hoy especialmente, ni que sea el día del diluvio, pero es el Día Mundial del Agua, y eso quiere decir que nos encontramos ante un elemento valioso insuficientemente valorado, por eso se le dedica un día. Es cierto, el agua es una riqueza de la que aquí aún no somos conscientes, y que me perdonen por esto los amigos de la hostelería y no dejen de ponerme en la barra lo mío al entrar. Tan valiosa es el agua que en países como Gran Bretaña ya embotellan para vender la que sale del grifo; por el agua que sobra o no sobra del Ebro fluyen amenazas entre Murcia y Cataluña. En la húmeda Galicia, cansados de ver llover, parece que nos sobra y no hay mucho reparo en dejar que cualquier emprendedor de espíritu pionero instale su matadero, cantera o fabriquín encima de ríos o arroyos que pronto dejan de ser cristalinos; los daños son tan desproporcionadamente mayores que el ahorro que consigue el contaminador que, ya que no va a la cárcel, ganaríamos pagándole entre todos la depuradora. Que el agua vale lo sabe bien la Xunta; el canon de 0,19 euros por metro cúbico recientemente implantado va a ser una fuente sustancial de ingresos. Si el cielo se hiciera neoliberal, nos privatizara las nubes y aplicara la misma tarifa que la Administración autonómica, esos 1.400 milímetros que caen al año sobre Galicia nos costarían unos 7.900 millones de euros, o sea, más que el presupuesto de la Xunta misma. De forma que si nos llueve a chuzos, lejos de enfadarnos y maldecir a los angelitos deberíamos abrir los paraguas y brindar por la fortuna que nos cae encima. Eso sí, que no sea con agua.