LA VELOCIDAD es una droga que tienta al género humano desde el principio de los tiempos. Los primitivos debieron envidiar la de los caballos y las golondrinas, y posiblemente la probaron en caída libre por algún barranco, en ese deporte que se identifica por la frase ¡pa habernos matao! Luego vinieron las cabalgaduras y la fatídica rueda. Hasta en los siglos apacibles de la sociedad rural surgía el Fittipaldi que circulaba a todo galope de su burro o su caballo, de pie sobre el carro, asustando a las viejas. Era pura exhibición, porque el radio medio de desplazamiento a lo largo de una vida no pasaba de los 15 ó 20 kilómetros, desde los campos hasta a vila, donde se celebraban las ferias y mercados y se visitaba al médico o al notario. A su escala, como las hormigas: ni siquiera la fabulosa marabunta camina más que unos 500 metros más allá de su hormiguero. Pero la humanidad no está tan sujeta a la comunidad y siempre ha habido exploradores, vagabundos, peregrinos que se lanzaban al camino. Su ejemplo ha cundido y hoy el radio de acción se ha multiplicado; ya es frecuente un desplazamiento diario de más de 40 kilómetros entre la casa y el trabajo. Las velocidades mecánicas permiten esta condición itinerante. Y la evolución no para: la NASA acaba de probar su último avión, que vuela a casi 8.000 kilómetros por hora, la vuelta al mundo en cinco horas. ¿Necesitamos semejante propulsión? Por muchos caballos que le echemos, de lo que no somos capaces de huir es del sedentarismo, porque tragamos millas con el butacón a cuestas. Y mientras, el verdadero viaje, el que se hace al paso, el que te cambia, ese se nos sigue escapando.