LOS FILÓSOFOS de estos tiempos nos dicen que el mundo se ha encogido gracias a la revolución de los medios de transporte y de las telecomunicaciones. Vivimos en la aldea global: el tonto del pueblo puede hacer reír hoy a millones de convecinos si logra que sus payasadas se cuelguen de Internet. Lo que ya no está muy claro es si nuestra aldea es verde y bucólica como Bolsón Cerrado o si se parece más bien a una villa polvorienta del Lejano Oeste. Las últimas hazañas en este mundo interconectado apuntan a lo último. Sven J., un muchachote alemán de 18 años, sin muchos estudios, se las arregla para averiar en una semana veinte millones de ordenadores en todo el mundo. A esa misma edad, Billy el Niño ya era el terror de Nuevo México y Arizona. La policía de aquellos estados lo clasificó como desperado , corrupción del español desesperado , porque sus crímenes no respondían a los móviles clásicos, el interés económico o la venganza; era un rebelde sin causa, delinquía «por fastidiar». Lo mismo se puede decir de las averías que ha provocado el joven alemán. Y, para rematar la comparación, a Sven J. lo han detenido gracias a un grupo de cazarrecompensas, viejo oficio, aunque ahora ejerzan su arte de sabuesos en las redes virtuales. En la aldea de verdad no pasaban estas cosas. Había normas, la mayoría de ellas aceptadas e interiorizadas; los mismos aldeanos las hacían cumplir y educaban a sus hijos para que las respetaran, porque respondían a una ética compartida por todos. Los cazarrecompensas prosperan en la ciudad sin ley , en tierra de nadie. El modelo ético para este mundo de individuos está aún por construir.