29 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

TODO es relativo. Todo depende. Todo cambia si se miran los toros desde la barrera o desde el coso, donde la peste a sangre hasta te agarrota la mente. De viaje en Madrid, decidí ir a ver Horas de luz . La película narra la historia de Juan José Garfia. Un tipo que sin ton ni son ejecutó a un policía, a un guardia civil y a un conductor que se paró a ayudarle. Espeluznante. Un buen día, una de las enfermeras de la cárcel se enamora de él y Garfia se rehabilita. Quiere una segunda oportunidad. ¿Se la merece? Unos dirán que sí, que todo el mundo puede cambiar y que la cárcel está para reinsertar, no para castigar. Otros replicarán que ni las tres víctimas de Garfia ni sus familias tendrán jamás esa segunda oportunidad. Cosas del azar. Mismo día, mismo sitio (cine Avenida, en la Gran Vía) en la sala, aunque viendo otra película, está Farruquito. El bailaor. ¿Más señas? Ese tipo que conducía sin carné y sin seguro, a más velocidad de la permitida, que atropelló a un peatón en un paso de cebra, que huyó del lugar sin cumplir con el deber (legal y moral) de auxiliar a la víctima y que culpó a su hermano menor para eludir el marrón que se le venía encima. Farruquito también pide una segunda oportunidad. Muchos de los que creen que la merece sólo porque baila de pinga son los mismos que el día en que el Telediario dio la noticia de la masacre que cometió Garfia mascullaron mientras apuraban el cocido: «Ese sólo se merece que le corten los huevos y le maten».