CUANDO llega el día de todos los Santos siempre me acuerdo de Cemetery Gates , un estupendo tema oscuro de los Smiths que siempre me hace sonreír. Pertenece al album The Queen si dead , para muchos el mejor del grupo. En él, Morrissey nos cuenta su paseo por el Southern Cemetery de Manchester con su amigo Linder Sterling. Mientras leen lápidas, Linder cita a Keats y a Yeats, y Morrissey se defiende esgrimiendo a su adorado Wilde. Hubo una época en que a mí también me dio por los cementerios. Como una majara, visité la tumba de Rimbaud a los dieciséis y la de Jim Morrison a los diecinueve. En París viví junto a Père Lachaise y frecuenté la tumba de Colette. Años más tarde, descubrí la tumba de Holan frente al Moldava y en Roma me especialicé en santos incorruptos. Y ahora, miren por donde, vivo en Madrid junto a la plaza desde donde salían antaño los cortejos mortuorios rumbo a la Almudena. Tengo una vecina de descansillo que es gótica. Lleva los labios y los párpados negros y trabaja como cajera en mi súper que se llama Ahorramás. El otro día, mientras me cobraba, le pregunté si conocía a los Smiths. La gótica me miró con ojos como platos. Los góticos de ahora ya no son como los de antes. Regresé a casa pensando en Morrissey y en Chateaubriand, el de Memorias de Ultratumba. Pero también en los muertos del Estrecho enterrados en nichos sin nombre en Algeciras.