DE VEZ En cuando mi espíritu deja mi cuerpo y hace un viaje astral. Da una vueltecilla por el Gianicolo y regresa. Entonces, casi siempre entristecido, sube hasta el techo, sin brazos y sin piernas, como una exhalación melancólica, y contempla la cáscara mortal viendo la tele. ¿Qué ponen esos momentos? Desengáñense: nunca se trata de El séptimo sello o de La tentación vive arriba . Indudablemente suele ser Gran hermano IV o V que me tiene fascinada de puro horror (Gran Hermano: programa donde una ex legionaria tatuada y un transexual bajito se disputan con un taxista y una santera por el rancho). Me imagino que eso es lo que siente las mujeres maltratadas por esos maridos que acaban enviándolas al otro barrio. Mi espíritu se dilata como el grito de Munch y no da crédito. Por eso, para calmar su vergüenza, me acuesto con algo virulento y transgresor, digamos Nietzche, autor que siempre ha detestado la lisura y que me permite continuar otra semana con la cabeza bien alta. Hasta que expulsen de la casa a otro cateto. Ahora, Mercedes Milá que es, sin lugar a duda, lo más vomitivo del programa, -en un alarde de didactismo que tira patrás-, ha decidido obligar a los cándidos concursante a que memoricen la Constitución europea. Recordemos que ya hizo campaña contra el tabaco desde el púlpito. Milá: reconoce que haces telebasura y deja de hacer de maestra de ética y costumbres.