MEDIO FERRADO
06 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.AUNQUE anteayer nos lleváramos una buena mojadura, hay que decir que falta agua; pasamos uno de los inviernos más secos de los últimos años. Pero los gallegos somos cada vez más de ciudad, y empezamos a padecer esa manía que antes creíamos propia de madrileños: en cuanto caen cuatro gotas echamos a correr, como si llovieran bolas de fuego, y a maldecir del tiempo, de Santiago Pemán y de su raza. No sé si por asimilarse a los urbanitas de cuatro o más generaciones o por pura ignorancia y cerrazón, hay entre nuestros dirigentes quien se felicita porque cada vez llueva menos; son esos mismos que niegan la existencia del cambio climático con tanta pasión como los nazis niegan el holocausto, porque en el fondo no ven más imagen de progreso que la de Benidorm, donde seguramente pasaron la luna de miel, y querrían ver una Galicia torrada, con seis meses de verano apabullante, menos hierba y más «Sanjenjos», y si el paisaje se tuesta y los prados se ponen amarillos, ahí están los fondos europeos para comprar pintura verde y darles una rociada. Aquí los valores y las tendencias de vanguardia llegan siempre con varios años de retraso; más de medio mundo pasa sed, el agua pura es intocable cada vez en más países. Pero entre nosotros, salvo las excepciones de los embotelladores y del sano sector de los balnearios, se sigue despreciando el tesoro que nos regala nuestra esquinada posición en el mapa. Así nos seguirá yendo.