10 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

SON, PROBABLEMENTE, una de las parejas más antipáticas del mundo. De hecho, casi son dos mitos contemporáneos de la antipatía. Rancios, clasistas, arrogantes y antiguos. Ella provoca torrentes sin freno de calificaciones despectivas entre las mujeres y él siempre resulta censurado por todos. Se diría que nadie les quiere, condenados para siempre por la leyenda de Lady Di, la bulímica y traicionada princesa del pueblo, Charles y Camilla son los perfectos villanos de un folletín contemporáneo de esos que tanto le gustan a la gente porque demuestra una vez más esa tan reconfortante historia de que los ricos también lloran. Charles, que seguramente hubiera preferido tener una vida más discreta, ha metido la pata lo suficiente como para merecer todo lo que dicen de él. El esposo del cruel ninguneo a su difunta esposa; el príncipe que opina que no todos tienen derecho a aspirar a lo mismo; el padre que no ha conseguido explicar a su hijo lo que significa una cruz gamada... Y, sin embargo, ese hombre algo torpe, algo malvado ha mantenido su apuesta hasta el final, tercamente, con la tenacidad que sólo alimentan los grandes amores. Un amor del que, para mayor jolgorio, conocemos todas las estaciones, desde aquel acalorado y freudiano deseo de transmutarse en támpax hasta esa decisión final de subir al trono a la que será la princesa menos atractiva de Europa. Eso es un amor como la copa de un pino. Y el amor, eso es indiscutible, nos redime a todos. Incluso a él.