EL auténtico Drácula era un blando. Jamás bebió sangre y tan sólo era un guerrero de la época cuyos excesos se explican por la crueldad de la guerra entre cristianos ortodoxos y turcos. Bram Stoker edulcoró la historia hasta convertirla en ese ridículo personaje que se pasa toda la película mordiendo el gaznate de pálidas actrices de reparto. El verdadero drácula era una señora, la aristócrata húngara Erzsébet Báthory, una fascinante criatura del XVI adorada siglos después por los surrealistas. La señora acabó con la vida de casi 700 muchachas en apenas ocho años en las mazmorras de su castillo. Ideó incluso un artefacto para exprimir a su víctimas y ducharse cada mañana con glóbulos rojos. Su historia ha regresado al siglo XXI con el nuevo libro de Javier García Sánchez, Condesa sangrienta , que ofrece un nuevo retrato de esta pionera de los serial killers . Su autor mantiene que el personaje representa el mal absoluto, toda una forma de conocimiento, ya que sus inexplicables actos no obedecen a ningún motivo a pesar de estar perfectamente planeados. El delirante personaje no ha tenido muchos autores que le escriban. Marguerite Yourcenar recopiló durante años material para escribir una monumental biografía. Su proyecto se fue al traste cuando la autora belga visitó el escenario de las fechorías de su protagonista, el castillo de Csejhe, para recabar nuevos datos. Un gato negro se le cruzó en el camino. Y la Yourcenar se volvió inmediatamente para su casa.