A los que crecimos en el Barrio Sésamo de Espinete no nos cuesta ver la vida de color rosa, aunque en el intento se nos claven algunas púas, que se nos clavan. Nosotras atesorábamos muñecas vestidas de azul, con su camiseta y su canesú, y ellos se inventaban guerras con los Master del Universo. Mi favorito era, por musculoso y buen mozo, aunque abusara del tinte más que Parada, He-man, ese rubio fornido defensor del bien. Casualidades de la vida, era también el preferido de mi mejor amigo, pero él gustaba más de darle aceite en los bíceps y ajustarle el pantalón para que no le hiciera arruga, por muy bella que fuera. Mi amigo creció de puntillas sobre los tacones de aguja de mi madre, entre los cuales escogía unos botines color felicidad. Encaramado a aquellos estiletos rosa chicle, la vida se le aparecía tan sabrosa como una nube de algodón, extralarga eso sí, de las del puesto de gominolas de la esquina. Pero, al llegar a clase, la nube se convertía en una tormenta de bolas de papel y motes en la pizarra. Apretaba los dientes, como la Pantoja, y se evadía dibujando, en su cuaderno con fotos de la Superpop , novias de blanco radiante con el pelo corto, la espalda ancha y un velo que les tapaba la cara. El tiempo se nos fue batallando contra el acné juvenil y las estrictas horas de llegada a casa, y organizando desfiles de moda para recaudar dinero para la excursión de fin de curso, que era para muchas y muchos la oportunidad de estrenarse con las lenguas vivas. Pero mi amigo, que en cuestión de idiomas era un hacha, porque además de latín, resultó saber griego, nunca subió a aquel autobús destino París y ni siquiera supe a dónde enviarle mi postal de la torre Eiffel. Diez años más tarde, en una noche de esas para atiborrarse de carmín y bañarse en colirio, una voz cálida me susurró al oído «nena, no te pongas tanto escote que tengo una envidia que me muero». Aquella morena me miraba desde el andamio de sus plataformas y me dedicaba sonrisa de silicona. En la oscuridad de aquel pub brillaba su piel embadurnada en aceite de coco. «Hola, me llamo Ángela, y soy la novia sin velo que siempre me pedías que dibujara».