MEDIO FERRADO
02 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.TERMINA la vendimia tardía de estas zonas más septentrionales y vivimos un año más el satisfactorio trabajo de la recolección abundante, siempre con su aire de fiesta de la esperanza: esperamos que salga un buen vino, aunque las probabilidades son escasas. Porque esto no es el Ribeiro, ni Valdeorras, ni el Salnés, donde el producto resiste mejor un juicio objetivo. Pero pese a todo sí es seguro es que el anfitrión, llegado el momento, te ofrecerá el vino de la casa con el mismo orgullo que el marqués de Griñón en sus bodegas. El vino puede ser malo, pero es o noso, y este carácter le otorga al caldo unas cualidades subjetivas que un catador imparcial no vería. Hay paisanos que crían sus gallinas a patadas y descuidan patatas, pimientos, judías y otras delicias del campo, pero atan sus parras con precisión de relojero y tienen sus cuatro racimos lustrosos como si los cepillaran a diario. Si el vino es do noso, nos embarga un efecto placebo que eleva su calidad al cuadrado. Ese efecto se reduce cuando el invitado no es un vecino criador de un vino semejante, y de-?saparece por completo entre amigos lejanos, cuya buena educación comprometemos al hacerles probar el mejunje que a nosotros nos parece tan delicioso. Así que, en este caso como en otros, por respeto a la amistad, seamos un poco eclécticos y compremos un ribeiro de los buenos, un mencía del Bierzo, un riojita, un ribera del Duero y un costers del Segre, que hay otros mundos y las fronteras están abiertas.