MEDIO FERRADO

16 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

HACE tres días que me falta el gato. No sé qué maldad interior me lleva a pensar que hace otros tantos días se abrió la caza menor, celebrada por aquí con una tormenta de tiros que ni en Sarajevo. Eso sí, ayer, segunda jornada hábil, ya sólo se oyeron cinco tiros por la mañana y tres por la tarde. El lugar no debe dar para mucho más. Si uno viviera en un barrio o en una urbanización, pues pensaría que al gato lo atropelló un coche o que se le cruzó un hueso de pollo o que el pienso con omega tres no era el suyo, que le iba más el de proteína reforzada con beta-caroteno. Pero en estas zonas rururbanas (con perdón de la palabra) somos así de mal pensados. La sospecha no es gratuita. Aún no hace muchas temporadas que vi a un cazador todo ufano con un cuervo colgado de la percha, y eso que al cuervo no se le concede proximidad gastronómica con ninguna pieza de caza, mientras que el gato, ya se sabe, acumula una tradición secular de paralelismo con la liebre de largas orejas. Ese masaje con ajo machacado, perejil y vinagre; ese adobo de romero y tomillo, ese refreír la pieza en aceite de dorar cebolla, esa cocción larga con vino y caldo pueden darle al pobre Mici un disfraz tan perfecto como para que ayer mismo algún gurmet de tres al cuarto encontrara en un muslo de mi gato las esencias sutiles de los pastos salvajes. Esto nos pasa por vivir en la aldea. Cuando cambiemos los prados por adosados se van a enterar estos cazadores de cercanías.