NO SIEMPRE dejamos de existir cuando morimos. Cuando la parca, vieja, vestida de negro y con tijeras, corta el hilo de la existencia, la vida propia se acabó, no tiene remedio; pero queda la esperanza y el recuerdo. Dijo el premio Nobel francés Camus que el modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere. E indagando en esos datos se adentró en el Orán argelino y escribió La peste. Eran épocas en las que se moría con revuelo. Hoy ya no, Camus no podría encontrar entre nosotros muchos datos para su investigación. En las ciudades y pueblos grandes la asepsia del tanatorio ha sustituido al duelo mortuorio de las casas. Aquellos ritos de plañideras y lloros, de catafalco con cirio y cruz, de rosarios repetitivos, de ataúdes abiertos con mortaja con sábana blanca, de difuntos con la barbilla atada a la cabeza, de noches interminables, de procesiones callejeras portando el pesado ataud después de bajarlo con dificultad y estruendo por escaleras estrechas; todo ello ha sido arrumbado por la discreción y la uniformidad. La muerte, la parca, es el gran absurdo que rompe todos los artificios de racionalidad que rigen nuestras vidas. No admite aceptación por más que sabemos con certeza que es el envés de la existencia. ¡Cómo duele en todos los lados; cómo duelen sus caricias cuando ya se ha ido. Cómo extraña su color de voz. Cómo envenena el tiempo! Esperanza y recuerdo. Esperanza para los creyentes, dichosos, que convierten el final en principio. Aquellos que en el momento de la muerte abren un paréntesis de tiempo para el reecuentro. Un punto y seguido. «Este mundo es el camino para el otro que es morada..». Recuerdo. Más allá de lo tangible nos queda el recuerdo, la herencia espiritual. Esa herencia de transmisión cuasi genética para familiares y amigos que clonados con ella la disfrutamos. Es de aquellos a los que hemos querido, a los que hemos admirado, con los que hemos compartido. Buena herencia, añeja, que se reparte para quien la busca, sin pleitos y con abundancia. Hoy, día de difuntos, Camus paseando por nuestro cementerios vería el recuerdo, vería a los que se fueron aparecer en nuestros pensamientos y en nuestras conversaciones, aflorando entre las flores el recuerdo que nos pertenece. Con Jorge Manrique, en sus Coplas a la muerte de su padre, podríamos hacer nuestro «que, aunque la vida perdió, nos dejó harto consuelo con su memoria». Es el consuelo que nos queda de todos aquellos que a pesar de no estar nos han enriquecido con su memoria.