Una urbe emergente en la encrucijada La metrópoli supo aprovechar el empuje de las olimpiadas para renovarse, pero el modelo ha empezado a estancarse
31 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Barcelona con Sevilla fueron las dos grandes ciudades españolas, que en 1992 mostraron al mundo la imagen de la España moderna. También la capital catalana, como la andaluza, mostraban en su tejido urbano lo mucho que un acontecimiento internacional podía aportar a una ciudad. Barcelona fue sede de la Exposición Universal de 1928, y de ella quedaron el Palacio Nacional de Montjuich y toda la ordenación de este monte con el estadio incluido y el Pueblo Español y los pabellones, uno de ellos de Mies van de Roe. El parque de La Ciudadela, el barrio Gótico y el parque de atracciones del Tibidabo se añadieron también. Pero ahí se acaban las semejanzas, porque así como en Sevilla fue una acción en exclusiva del Gobierno, en Barcelona había un proyecto anterior de ciudad, un proyecto en el que hacía tiempo se estaba trabajando desde todas las Administraciones implicadas y con la anuencia y cooperación de todos los agentes económicos y sociales. Barcelona, que había sido la gran ciudad industrial de España, había sufrido dos veces los efectos de la crisis de las ciudades industriales, primero la crisis sectorial del textil, y después, la general del modelo industrial. Barcelona se estaba situando entre las ciudades industriales en crisis que necesitaban un proyecto urbano para su modernización y promoción. El proyecto existía, la base social también, faltaba la financiación. Y las Olimpiadas, en un momento en que un reconocido catalán presidía el Comité Olímpico, y en el que el Gobierno de la nación buscaba signos nuevos de identidad y fortalecimiento político en las grandes ciudades, la oportunidad estaba preparada: solicitar la sede olímpica. Y la oportunidad no se perdió. Barcelona se lanzó al mundo como la gran ciudad representativa de la modernidad, y tanto el plan de renovación urbana como el de márketing expresamente elaborado para el acto sirvieron de legitimación. Y así la capital catalana entró en el grupo de las grandes ciudades mundiales emergentes, lo cual a su vez le permitiría optar a la antigua aspiración de convertirse en la gran metrópoli del Mediterráneo, papel que ya había jugado en el pasado, y que ahora la decadencia industrial y portuaria de Marsella y Génova le ponían más fácil. Así se declaraba en el primer plan estratégico urbano español redactado en 1990. Como se dijo, en el caso de Barcelona no se partía de la nada, ya que había un plan anterior de las Administraciones (Gobierno, Generalitat y Ayuntamiento), redactado en 1987, y precedentes anteriores. La ciudad del final de la etapa industrial presentaba un compendio de problemas comunes a todas las ciudades industriales europeas: elevado paro, crisis económica, disimetría social, deterioro físico de extensos barrios, insuficiencia de infraestructuras, congestión de trafico, inadecuación del transporte publico, contaminación ambiental, fracaso de la corporación metropolitana que se disolvió en entes sectoriales, y otros problemas básicos. Lógicamente, las Administraciones tenían que implicarse. Entre 1985 y 1987 se emprendieron grandes actuaciones, como el nuevo cinturón litoral soterrado en parte, que libraba al frente portuario del tráfico de paso del eje levantino por la ciudad, y aportaba permeabilidad al contacto ciudad-puerto; la regeneración de la playa de la Barceloneta y el inicio del paseo marítimo. Se programaron también operaciones de remodelación de espacios obsoletos (suelos industriales vacantes, espacios ferroviarios en desuso), la necesidad de sanear los ríos Llobregat y Besós, que vertían en el mar los residuos industriales y urbanos, la apertura de las nuevas rondas, la construcción de túneles para conectar la ciudad marítima con la los nuevos desarrollos empresariales y residenciales del Vallés, donde se situó el parque tecnológico. Otros proyectos modernizaron el aeropuerto, la estación ferroviaria y la red arterial. Actuaciones que las Administraciones catalanas sabían debían hacer para adaptar la ciudad a los nuevos tiempos y no perder las ventajas y oportunidades de la nueva fase de terciarización de las economías urbanas.? No obstante, la Generalitat cometió un error que desde la actualidad se percibe como estratégico. Me refiero a la continuidad de la apuesta industrial, atrayendo inversiones japonesas para que se localizaran empresas en el área metropolitana y sirviera de bisagra y conexión con su instalación europea. Lo que al principio pudo parecer un acierto, el tiempo demostró que había sido lo contrario, por cuanto primó considerar a Barcelona su cabeza de puente para la penetración europea, pero alcanzado ese objetivo redujeron su actividad. Ya no era el momento de ese modelo de competitividad urbana, ya las ciudades estaban adaptándose a la nueva economía terciaria de servicios y de ocio, lo cual sí encajaba perfectamente con el proyecto de la Barcelona olímpica del 92, que recogió todos los proyectos anteriores y encontró la oportunidad para convertirlos en realidad en un corto espacio de tiempo. A estos efectos mucho interés nos merece lo que el plan de márketing decía, porque Barcelona tuvo que ganar en una candidatura caracterizada por una gran competitividad urbana. Copio de él su justificación: «Impulsar las transformaciones generales urbanísticas y algunas específicas como telecomunicaciones e informática. Promocionar a nivel internacional a una ciudad y a España. Posibilitar una amplia integración en torno a la idea de un amplio colectivo de ciudadanos, sin diferencias políticas y sociales. Ilusionar al sector más joven de la población en su participación directa o indirecta (deportistas, voluntarios). Involucrar afectiva y económicamente a todas las instituciones municipales, provinciales, autonómicas y estatales en su soporte y realización». Intereses compartidos Un enunciado que compendiaba dos grandes soportes de manera integrada: lo que interesaba a la organización olímpica y lo que interesaba a la ciudad. Además, el plan de márketing estableció los segmentos competitivos para el posicionamiento de la ciudad, definiendo la imagen de Barcelona para todas las acciones de promoción, y elaborando un mensaje para la totalidad de las instituciones y los ciudadanos, con el fin de lograr su plena implicación con el proyecto de ciudad. En la práctica estableció tres etapas: la de información/educación primero; la de motivación ciudadana, después, y la de movilización ciudadana, en tercer lugar. El fuerte liderazgo urbano, la cooperación institucional y la participación ciudadana fueron soportes convincentes para justificar la decisión de celebrar en Barcelona las Olimpiadas de 1992. Sin embargo, las autoridades catalanes no supieron valorar suficiente el modelo de ciudad que había detrás de este avanzado plan de márketing, porque de hacerlo hubiera sido menor el desfase que la ciudad actual padece para convertirse en una ciudad del conocimiento que es lo que ahora pretende. Claro que a los políticos siempre les han interesado más las inversiones materiales que los intangibles, y por eso se han errado muchos caminos. El año 92 y los siguientes fueron un momento álgido para Barcelona, que pasó de ser una ciudad industrial que miraba hacia dentro, hacia la Cataluña interior, para convertirse en una ciudad turística abierta al mar, un ciudad cuya nueva fachada miraba al Mediterráneo. Entre el Mare Mágnum, el Port Vielle y la Villa Olímpica, Barcelona construyó una de las fachadas marítimas urbanas más atractivas e innovadoras del mundo. Sus centros de ocio, comerciales, culturales, el oceanográfico, el puerto deportivo, el paseo marítimo y la playa urbana, además de la regeneración ambiental y la rehabilitación del tejido histórico adyacente al antiguo puerto, incorporaron una dosis excepcional de diseño que aumentó el atractivo de un proyecto que creó una nueva ilusión entre los ciudadanos. Después se intentó continuar la operación con el proyecto fallido del Foro de las Culturas, pero las cosas ya no fueron igual, porque ya no había detrás un proyecto de ciudad, era solo una operación urbanística de intereses inmobiliarios demasiado ostensibles. Pero el impulso de Barcelona como ciudad de turismo y de ocio, tenía un alcance limitado y hoy la ciudad esta perdiendo posiciones y competitividad en el contexto español e internacional. Muchos son los síntomas. El estancamiento del aeropuerto como nodo internacional de transporte, la pérdida de posiciones de su antes pujante recinto ferial, la pérdida de rango en el tráfico portuario, la deslocalización de empresas industriales, la debilitación de su industria cultural, la apuesta de las grandes multinacionales de servicios por entornos más cosmopolitas y la sustitución del cosmopolitismo anterior por un nacionalismo excluyente. Muchos son los análisis realizados, pero muchos son también los que coinciden en señalar el cierre de la ciudad sobre sí misma y la pérdida de aquella apertura y universalidad que caracterizó a la Barcelona olímpica, en parte motivada por las imposiciones lingüísticas y las cerradas redes del nacionalismo burgués catalán. La ciudad, sus dirigentes económicos, sabedores de esto intentan ahora atraer y fortalecer sedes empresariales y tecnológicas desde Madrid o a costa de la capital nacional, en cuyo contexto tal vez puedan enmarcarse las decisiones de traslado a la capital catalana de la Comisión Nacional de Telecomunicaciones o las operaciones para hacer de la ciudad la sede de sectores estratégicos del futuro (la energía y las comunicaciones). Pérdida de espíritu Mientras los inversores internacionales miran hacia otras ciudades, y en esta coyuntura, perdido el espíritu cosmopolita de la sociedad catalana anterior, Barcelona se enfrenta a nuevas incertidumbres y desafíos para mantener su liderazgo, cuando las otras metrópolis mediterráneas empiezan a emerger con fuerza, como es el caso de Génova. Una demostración de que, con ser muy importante la imagen no basta para mantener activo y competitivo un proyecto de ciudad, que ahora busca transformarse en una ciudad del conocimiento, pero también en esto carente del espíritu innovador anterior.