EL TIEMPO pasa, pero Spain sigue igual. ¿Que qué quiere decir igual ? Pues, tan ruidosa y malintencionada que da gusto: llena de raqueles mosquera, terelus y campanarios. Los de Marbella siguen igual de afanadores y ligeros y Paquirrín igual de despachado. En Madrid, los bares siguen sucios, la tortilla rica (o no, según se mire), las plazas abarrotadas y los porteros, los raterillos y los guardias igual de malhablados y envidiosos. Sin embargo, en esta primavera que se anuncia por detrás de Manuel Becerra como una violetera alborozada y algo randa, algo ha cambiado. Todo sigue igual en apariencia, pero el edificio que albergaba al bar Tuxpan ya no está. Los estorninos canturrean como locos en Ayala esquina con O'Donell, es cierto. Las gemelas del bar Luisiana han crecido y ya no juegan a saltar, aunque el chico de la fotocopiadora sigue sentado en su silla playera, como un prócer, delante de la puerta de su tienda. Pero el Tuxpan no está. Paso por delante de la obra y sólo veo un agujero negro que se pierde por las profundidades de la plaza de Roma. Como me atrae todo lo oscuro, me quedo a menudo mirando fijamente esas cloacas (que estaban, sin que lo supiéramos, en el corazón del bar Tuxpan), y me pregunto si pervivirá algo de aquella inocencia que fue nuestra: la de Igor, la de Rédouane, la mía, llegando a Madrid hace seis años, llenos de sueños y de miedos, enamorados de Camarón y de Camela. Y es que nos hemos quedado casi huérfanos.