EL inventor del metacrilato espera en el infierno (como decía Woody Allen) a que un día llegue allí para hacerle compañía otro creador de novedades que también tiene todos los méritos para ocupar un lugar preferente al lado de Satanás. Sobre todo, si se lo preguntan a los de la Sociedad General de Autores e Intérpretes. Porque aunque quieran culpabilizar a toda la humanidad de ejercer de tal (y es muy de ser humano no querer pagar por lo que puedes conseguir gratis), la culpa la tiene el cedé. El paraíso de la música existió mientras reinó el vinilo, la casete, el tocata, la minicadena y como mucho, el loro con doble pletina grabadora. Pero a lo tonto, el cedé ha ido cargándose sectores: el de la cinta magnetofónica, el de los discos, el del minidisco (que nunca le superó ni de lejos), el de las discográficas, el de las tiendas, etc. Después llegó Internet y el MP3 y las descargas de todo tipo de contenidos sonoros o visuales, pero con el disco láser empezó el declive del imperio del autor. Ahora entiendo sus orígenes chulescos, cuando empezó sus días en aquellas exhibiciones en las que los vendedores los tiraban al suelo y los pisoteaban para demostrarte que eran indestructibles. El tiempo les da la razón: Lo son (aunque se rayen más que un vinilo). No es un intento de exculpar a los piratas (¡el que esté libre de parche y patapalo que tire la primera piedra!). Sin la piratería el mercado discográfico viviría mejor. Pero mejor estaría si no hubieran inventado el cedé.