SI DIJESE que he visto Eurovisión mentiría. Pero reconozco que este año me ha picado la curiosidad y me puse a buscar el clip de los Lordi en Internet. Y ahí me quedé. Pasmado ante el ordenador. Cosa fina. A mí me da lo mismo que hayan ganado o no. Cuántos votos tuvieron y todas esas cosas. A mí lo que me hace gracia es que se venda la moto de que ha triunfado la originalidad, un espectáculo fresco en un festival tan reseso... Ni de broma. Lo de Lordi es tan original como un traje de Isabel Pantoja. A nivel musical se limitan a repetir cuatro simples acordes de guitarra mezclados con unos teclados y la voz arrastrada del cantante. Y pista. En la historia -larga y productiva- del hard rock y el heavy metal hay cientos de melodías estructuralmente similares y, por cierto, bastante mejores. ¿La letra? Una tontería. Que si me salen alas, que si se me ponen los ojos rojos... Un amasijo de clichés infantiles metidos a calzador. Y lo que más ha impactado, las pintas, pues oye... Alice Cooper, WASP o Kiss son legendarios por sus maquillajes y sus montajes en escena. No tan exagerados, claro. Los de Manowar van de vikingos. Running Wild de piratas... Vamos, que ya está todo inventado. En fin. Una pena Lordi y una pena Eurovisión. ¿Lo peor? Que ahora, si te gusta el rock durillo, todo el mundo va a pensar que estás tarado y que tu mayor anhelo es ser un semiorco malformado o una momia asquerosa. Pues nada. Gracias a los Lordi.