Otro Mundial

SOCIEDAD

ES UN carnaval que llega puntual cada cuatro años. Para los que nos gusta el fútbol. Para los que les da lo mismo. Y hasta para los que lo detestan. Concentra todo el sortilegio que hay en un esférico. Porque lo hay. Y mucho. Ya de pequeño me volvía loco con todo este negocio. Cromos. Camisetas. Golazos. La euforia de los que pasaban de ronda. La decepción de los que se quedaban en el camino. La tensión de cada minuto. Y luego, en el partidillo con los amigos podíamos soñar que éramos Brasil, Holanda, España, Argentina, Camerún... Éramos quienes quisiéramos ser. Luego creces. Pero el Mundial sigue existiendo. Cada cuatro años. Nunca falla. Y a uno le siguen gustando las mismas cosas. Poder ver a Costa Rica dejándose la piel ante los germanos, esos ingenieros del balón. Ver como Trinidad y Tobago sueña después de empatar con Suecia. Pasmar, como siempre, con el fútbol carioca, haciéndolo fácil y bonito. Sentir la curiosidad de ver cómo le pegan al balón en Irán, en Angola, en Ghana o en Costa de Marfil. Esas selecciones que le caen bien a todo el mundo, aunque no se sepa ubicar su patria en un mapa. ¿Y España? Todos los ponemos a caer de un burro antes de empezar. Que si falta este. Que si falta aquel. Que si sobra el otro. Que si vaya banda de inútiles... Pero hoy a las tres de la tarde yo me pego al televisor como una lapa asesina. Que llevo cuatro años esperando. Con sus 48 meses enteros (se dice pronto). Y con la misma, igual pasamos de cuartos. ¿Se imaginan? Es otro Mundial. Y nunca se sabe.