Himnos

JUANCHO MARTÍNEZ

SOCIEDAD

10 sep 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

YA HAN PASADO unos días y la victoria en el mundial de baloncesto empieza a asimilarse, pero aún quedan flecos que comentar. En el momento de gloria en que sonó el himno de España, los chicos subidos al podio querían cantar, y cantaron: «Lala, lala, lalála lala lala...», o sea, como lo de Massiel con otra melodía. Quizás sea mucho decir, pero la santa transición no estará completa mientras el himno no tenga una letra cantable. En los años cincuenta, el pertinaz intelectual José María Pemán compuso una letra para la Marcha real que decía: «Gloria a España, alzad los brazos, hijos del pueblo español...», pero pronto se desechó porque esos brazos que había que alzar eran los brazos derechos, y el Plan Marshall no estaba para esas. Tampoco vamos a pedirles a nuestras selecciones que pronuncien la versión escolar: «Franco, Franco, que tiene...», etcétera, porque no sería serio. Así que habrá que ponerse a trabajar en ello. Que el himno se pueda cantar, e incluso berrear, es importante en la guerra y en el deporte. Aquí en Galicia, tan atrasados en otras cosas, tenemos un himno de primera. Nunca sonó un himno, ni la Tierra de mis padres de Gales, ni lo de Braveheart, ni la Flower of Scotland, de manera tan sobrecogedora como sonó nuestro Fogar de Breogán en el estadio Bernabéu en los minutos previos del célebre centenariazo, gritado por veinte mil gargantas, con los efectos psicológicos consabidos. Algunas selecciones deportivas están necesitadas de que su afición las atrone con un himno. Tampoco hace falta que se les mente la sangre, ni la muerte. Con un par de insultos por el medio, como en el nuestro, ya es suficiente.