LA CASA (de uno) es un sueño. Pero si en lugar de hablar de la casa usamos el sinónimo vivienda, el sueño se convierte en un problema. La casa era algo que uno heredaba o construía. Hace cincuenta años, los niveles de autoconstrucción de vivienda en Galicia eran altísimos; como recuerda Xaquín Lorenzo, la construcción de la casa era una función vital más, para la que el habitante de la sociedad rural estaba básicamente preparado, aun cuando contara frecuentemente con la ayuda de albañiles itinerantes. Hoy, por arte de especulación, los dueños de una casa ya no son casi nunca sus constructores ni sus promotores: se han convertido, sin quererlo, en inversores. Y buena parte de ellos son inversores sin un duro, de ahí tanto deterioro en los cascos viejos y tanta vivienda sin acabar. La revalorización galopante de lo inmobiliario es el combustible de la economía, pero también la causa de dramas, como la imposibilidad de que los jóvenes sin buenas herencias accedan a la vivienda y la incapacidad de los propietarios envejecidos para mantener sus casas en pie. Para buscar soluciones a estos problemas se dictan leyes. Pero no toda la solución es política. ¿Serán nuestros inversores de verdad capaces de buscar otros destinos para sus recursos? En Galicia, numerosos ingenios están sacando a la luz ideas tecnológicas esperanzadoras. ¿Habrá algún rico tan valiente como para dejarse de pisos vacíos, apoyar esas ideas y convertirlas en industrias?