La cumbre del clima de Poznan ha finalizado como las demás, con satisfacción por parte de los países participantes por haber logrado un documento de consenso y con las críticas por parte de las asociaciones ecologistas por la falta de ambición y concreción de sus acuerdos. Pero a ninguno de los dos les falta razón.
En las emisiones, lo importante era mantener el compromiso de Bali del pasado año, que establecía para los países desarrollados un objetivo de reducción del 25% al 40% para el 2020 con respecto a los niveles de emisión de 1990. En cuanto a la energía nuclear, queda excluida, pese a que la Agencia Internacional de Energía habló de la necesidad de crear 20 plantas nucleares al año para superar la dependencia de los combustibles fósiles y evitar emisiones a la atmósfera. A la vez, existe un compromiso de apoyo para seguir investigando en la consecución de tecnologías energéticas más eficientes.
Pero el grueso de las decisiones queda para Copenhague, como la definición de mecanismos para compensar a los países con grandes plantaciones de árboles para evitar la deforestación, que causa el 20% de las emisiones a la atmósfera.