La enseñanza que podemos extraer de la historia de nuestra costa es que debemos evitar ocupar los terrenos más bajos, los más vulnerables a la acción del mar, sobre todo teniendo en cuenta que este sigue subiendo inexorablemente cada año. Pero nos obstinamos en seguir construyendo ciudades, infraestructuras, urbanizando un litoral condenado a desaparecer, como el bosque fósil de Ponzos, bajo las aguas del mar. Y esta testarudez cuesta cada año miles de euros a Galicia, una factura que aumentará cada año y que será cada vez mas difícil de liquidar.
Tanto el deslinde realizado por la Demarcación de Costas como el actual Plan de Ordenación del Litoral (POL Galicia) han sido realizados sin tener en cuenta la tendencia a la subida del nivel del mar, por lo que no son ninguna solución al problema. Y las previsiones de la Xunta de reducir al mínimo la actual franja de 500 metros, y con ello la prohibición de nuevas construcciones, lo va a hacer aun más inútil. La protección debería tener en cuenta su singularidad principal, la existencia de las rías en las que el mar penetra, con sus efectos negativos, profundamente en el continente, la existencia de playas y lagunas costeras condenadas a desaparecer y que al estar limitadas por zonas urbanizadas no pueden reconstituirse. Y, finalmente, porque se da el mismo trato a las zonas de costas bajas, más vulnerables, que a las acantiladas, más resistentes a la acción de las olas. Un POL Galicia útil debería considerar todos estos hechos en lugar de ignorarlos pensando que todo se puede hacer sin consecuencias.