Hace justo doce años, la Casa de las Ciencias de A Coruña saludaba a sus visitantes con un cartel luminoso en el que se anunciaba que el planeta había llegado a los seis mil millones de habitantes. Doce años antes, en octubre de 1987, había alcanzado los cinco mil, y ahora, doce años después, llegará a los siete mil millones. No es una regla matemática, pero la población humana parece haber entrado en un ritmo constante de crecimiento después de la explosión generada a principios de siglo. La humanidad tardó casi dos mil años, lo hizo en 1927, en alcanzar los dos mil millones de personas y ahora, en apenas un siglo, ha multiplicado por tres su número. ¿Podrá el planeta resistir este ritmo cuando ya en la actualidad se necesita una tierra y media para satisfacer los recursos que necesitamos a nivel global?
Malthus erró en 1798 en su pronóstico, pero la amenaza de su catastrófica predicción sobrevuela de nuevo. Quizás su hipótesis ya se hubiera cumplido si un ciudadano de Somalia consumiese lo mismo que uno de Alemania, o si las superpobladas China e India alcanzasen el mismo nivel de vida que Estados Unidos.
El mundo crece, pero a costa de aumentar sus desigualdades. Y, paradójicamente, es esta mayor desigualdad lo que le está permitiendo sobrevivir en el alambre, en una delgada línea roja fácil de quebrar. El fantasma de Malthus también puede desvanecerse. Pero ¿quién se atreverá a equilibrar la riqueza y el consumo? ¿O a darle de una vez por todas al concepto desarrollo sostenible su verdadero sentido?