Los antropólogos asumen que el clima es fundamental en las costumbres, culturas y mitos de un pueblo. Y el carnaval, aunque se globalizó con la expansión de los europeos por el mundo, es una muestra válida de la primera afirmación. Ayer, con media Europa helada, el calor brasileño desnudaba los cuerpos, y la música de percusión tomaba calles y sambódromos. Río de Janeiro lleva de fiesta tres días, pero es desde ayer por la noche -esta madrugada para España- cuando se convirtió en centro mundial del carnaval con el desfile de las escuelas de samba a lo largo de 500 metros ante 70.000 personas en las gradas y muchas menos en los palcos. Antes de Río, en São Paulo se vivieron dos noches de auténtica locura con el desfile, ante 30.000 personas cada día, de las escuelas de samba. Ya lo decía una de ellas, Imperio da Casa Verde, en su eslogan: «Para todo mal, la cura-Quien canta, sus males espanta». Cantar y burlar, esa parece la clave del carnaval. En Italia, con sus convulsiones políticas sinfín, Viareggio -muy cerca de Pisa- vivió su jornada grande con un desfile lleno de políticos de toda condición -de Monti a Obama, de Merkel a Berlusconi- y personajes de relevancia social, papa incluido. En el centro de Europa, además de crítica, hay necesidad de diversión, sin más. Que se lo pregunten a Elio di Rupo, primer ministro belga, que se dejó caer y achuchar por las comparsas del desfile de Binche, en Bélgica, donde el frío se combatió con humor. Y mientras, en Nueva Orleans, cuatro personas resultaron heridas en un tiroteo en plenas fiestas.