A sus 46 años, el príncipe encarna el futuro de la monarquía y es el mejor valorado de la zarzuela, mientras que la infanta protagonizará este sábado el momento más amargo de la institución desde 1975
02 feb 2014 . Actualizado a las 16:41 h.El pasado jueves cumplió 46 años. Y el consenso generalizado afirma que no solo es el príncipe de Asturias mejor preparado para reinar en la historia de España, sino que encarna en su figura el futuro y la salvación de una monarquía que atraviesa momentos difíciles. Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos, como fue bautizado, o simplemente don Felipe, como se le conoce, posee la formación adecuada, ha dado muestras de su conexión con la calle, de su sensibilidad hacia los problemas de la gente y de su capacidad para modernizar una institución que lucha por adaptarse a los tiempos. Y, aún así, no lo tiene fácil.
A la dificultad que entraña el papel de príncipe heredero, permanentemente expuesto pero obligado a esperar pacientemente a que llegue su turno sin restar protagonismo a su padre, e improvisando permanentemente sus funciones, dado que la Constitución no le otorga ninguna, se unen todos los problemas que han afectado a la familia real en los últimos años y que tienen como máximo exponente la imputación de la infanta Cristina por un presunto delito de fraude fiscal y otro de blanqueo de capitales. Si don Felipe encarna la cara de la familia real, doña Cristina y su marido, Iñaki Urdanagarin, son sin duda la cruz, el lastre de la Corona.
Esa dicotomía se pone de manifiesto una vez más en estos últimos días. Poco antes de celebrar con discreción su cumpleaños, don Felipe demostró tener cintura para superar el incidente que le hizo pasar siete horas de escala inesperada en Santo Domingo debido a una avería en el avión que le trasladaba a Tegucigalpa para asistir a la toma de posesión del nuevo presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández. Después de 23 horas de vuelo para llegar a la capital hondureña y otras ocho de regreso a Tenerife, y a pesar de tratarse del segundo incidente de este tipo sufrido en dos meses, el príncipe no comentó lo ocurrido a su llegada a Canarias, ni siquiera en tono de broma, para no magnificar su odisea. Un estilo austero y discreto, muy distinto al de su padre, que muy probablemente hubiera comentado en público sus desgracias en tono jocoso. En palabras de Paul Preston, biógrafo de don Juan Carlos, «Felipe es una persona más fría, carece del don de gentes de su padre, pero lo que a primera vista puede parecer una desventaja, puede ser una ventaja que le sirva para mantener las distancias». En su extensa biografía de don Felipe, el periodista José Apezarena considera que, por herencia de su madre, el príncipe «tiene alto sentido de responsabilidad, es formal, sensato, juicioso y reflexivo», mientras que ha heredado de su padre el carácter «audaz, arrojado y capaz de asumir el riesgo».
Pero lo que el príncipe gana para la causa de la monarquía con estas virtudes y con sus gestos, lo pierde su hermana Cristina con su imputación en el caso Nóos y con su resistencia numantina a dar explicaciones. Pasado mañana, la infanta protagonizará el que probablemente sea el momento más amargo de la monarquía española desde su restauración en 1975. Por primera vez, un miembro de la familia real será interrogado por un juez. Doña Cristina se ha preparado a conciencia, ayudada por un ejército de abogados, con el objetivo de lograr una desimputación que ponga fin a lo que el jefe de la Casa del Rey considera «un martirio». Lo que no podrá evitar la infanta es ser el blanco de unas protestas ya organizadas y que las fuerzas de seguridad tratarán de controlar con un amplio despliegue de agentes para blindar a doña Cristina a su llegada a los juzgados. Aunque Interior considera que por motivos de seguridad debe ser conducida en coche hasta la puerta misma del juzgado de Palma, en lugar de tener que hacer el paseíllo al que ya se vio expuesto su marido, Iñaki Urdangarin, la decisión final dependerá de ella.
El príncipe es consciente del daño que este asunto está provocando a la monarquía y por ello, incluso contra el criterio de otros miembros de su familia, ha levantado un muro de separación con los duques de Palma, cuya conducta reprueba. Esa ruptura radical se evidenció en las pasadas Navidades, cuando don Felipe fue el único que no pasó la Nochebuena en la Zarzuela para evitar así el sentarse a la misma mesa que su hermana.
Lo cierto es que en un año considerado «horribilis» para la familia real española, el príncipe no ha parado de anotarse tantos, como su brillante intervención en defensa de la candidatura olímpica de Madrid, lo único salvable de una presentación fallida, su exitosa gira por Estados Unidos o su elogiado discurso en la entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Y, si don Felipe es el miembro de la familia real con mejor imagen en España, lo es todavía más en el extranjero. El semanario alemán Der Spiegel calificaba al Príncipe de Asturias en un reciente artículo como «la única carta» que le queda a la Casa Real española. «El rey es frágil, su hija debe declarar ante la Justicia, la mitad del pueblo está cansado de la monarquía. Solo el príncipe heredero puede salvarla», se decía en ese artículo titulado La hora de Felipe.
El príncipe sabe, sin embargo, que esa hora no está tan próxima. Conoce la decisión de su padre de cumplir con lo que considera su deber de ser rey hasta el final. Y lo acepta, pese a conocer el riesgo que entraña el llegar a convertirse en un heredero en edad de jubilación, como le ocurre al príncipe Carlos de Inglaterra. A estas dificultades se suma el acoso de la prensa, que escudriña cada imagen y cada gesto de los príncipes de Asturias para airear supuestas desavenencias entre don Felipe y doña Letizia. Esos rumores de fractura y de separación se han incrementado en los últimos días, hasta el punto de que Zarzuela, ha salido al paso para negar una ruptura, aunque admite que existen «altibajos» en el matrimonio.