El Cesga aún debe devolver 18 millones que adelantó el Gobierno para la obra
21 may 2014 . Actualizado a las 07:00 h.El sueño de crear en Galicia un centro de referencia internacional en computación quedó ayer enterrado definitivamente en el Boletín Oficial del Estado, que certificó la anulación del convenio para la construcción de una nueva sede en la que se instalaría el Centro de Supercomputación de Galicia (Cesga), que ahora ocupa su espacio en el Campus Sur de la Universidade de Santiago. Es, en realidad, la sentencia de un proyecto al que la crisis había ahogado hace ya tiempo y convertido en inviable.
«Nós xa non contabamos co novo edificio e no noso plan estratéxico 2013-2016 nin se recollía», explica Javier García Tobío, el director del Cesga. En diciembre del pasado año el Consejo de Ministros ya había aprobado la resolución del convenio suscrito en el 2008 entre el Gobierno, la Xunta y la Fundación Centro Tecnológico de Supercomputación de Galicia, una iniciativa que en el 2010 su comisión de seguimiento ya había decidido aplazar y a la que unos meses antes el CSIC, el socio del Cesga, había renunciado por falta de liquidez.
La construcción del nuevo centro en el parque industrial de A Sionlla (Santiago) no era el problema. El Ministerio de Economía había aportado 19,8 millones de euros para la obra, de los que 5,9 fueron en concepto de préstamo, pero el edificio era solo una pequeña parte del proyecto. El objetivo, para convertir a Galicia en un auténtico referente internacional en supercomputación (ya lo es, aunque a menor escala, con el superordenador Finisterrae) pasaba por contratar a cien investigadores más, expertos en ciencias marinas, de la vida y computación, las tres áreas principales en las que se iba a enfocar el trabajo. Y no iban a ser cualquiera, sino que se iba a contratar a científicos de élite mediante el extinto plan Imán -que nunca llegó a aplicarse- y a otros con los selectivos programas Ramón y Cajal o Parga Pondal.
«Como un castelo de naipes»
«A finais do 2009 xa se empezaron a notar os recortes e vimos que non se podía facer. Todo empezaba a desdibuxarse e a caer como un castelo de naipes», recuerda García Tobío. No había dinero para pagar la nómina de los investigadores y, muy probablemente, tampoco para adquirir nuevas máquinas o para asumir los costosos gastos de mantenimiento de un edificio de estas características. Solo en energía eléctrica para alimentar a los superordenadores el gasto superaría los 300.000 euros anuales.
El escenario de crisis apuntaba a que se podría construir un gran edificio, pero que no se podría mantener. «Menos mal que non empezamos as obras -advierte Javier García Tobío- porque poderíamos ter unha infraestructura importante que non poderíamos manter. E daríame vértigo e amargura ver as mesas e as cadeiras vacías».
El Cesga gastó en su momento 100.000 euros en el proyecto del nuevo edificio, que fue adjudicado a un estudio valenciano. Sin embargo, no fue una cantidad perdida, ya que lo sufragó con los intereses del dinero que le había adelantado el Gobierno y que aún tiene pendiente de devolver. Le faltan por reembolsar algo más de 18 millones de euros. Además, el centro se benefició del plan de eficiencia energética que estaba destinado al nuevo edificio. Ahora lo aplica en su sede actual, lo que le supone un ahorro de 250.000 euros al año en la factura eléctrica.