¿Y tú cómo bajas a la playa?

SOCIEDAD

monica ferreiros

Se abre la veda para el postureo playero

21 jun 2014 . Actualizado a las 12:25 h.

Por fin ha llegado el verano. Y digo por fin, porque tras meses de frío y lluvia en los que nuestra piel y pulmones estaban a punto de transformarse en escamas y branquias (tal vez exagere un poco), Lorenzo ha hecho su aparición por todo lo alto y con él nuestras ganas de empezar a coger ese tono de piel moreno que tanto nos gusta.

Días interminables de playa, paseos por la orilla del mar y sol, sobre todo mucho sol serán la tónica general de este y del resto de veranos que han pasado y que todavía vendrán. Y de esas jornadas maratonianas para pillar moreno han surgido una serie de rituales, costumbres y manías que vuelven a nuestras vidas sin apenas darnos cuenta. Ir a la playa puede parecer algo simple, pero no lo es. No os engañéis. Nuestros bolsos de paja o de telas estampadas (según como venga la moda de este verano) se convierten en auténticos pozos sin fondo capaces de guardar todo lo necesario para el día y muchas cosas más que ni siquiera necesitamos pero que forman parte de ese postureo playero que todos tenemos interiorizado. A ver si me explico.

Si a los protectores solares de cara y cuerpo, a las revistas y pasatiempos con su correspondiente bolígrafo, a la toalla, el bañador de repuesto, el móvil, la colchoneta, el hinchador, la cartera y si te descuidas la olla exprés por si te apetecen unas lentejitas... le añadimos la silla, la sombrilla y la nevera de rigor, asentarnos en los dos metros de arena que tenemos designados por decreto ley un domingo de playa, hace que la jornada empiece, al menos un poco tensa. Pero respira, que por lo menos hay sol.

Hagamos un ejercicio mental e imaginémonos que ya estamos instaladas en nuestra silla, debidamente cubierta por la toalla, con la cara a la sombra y el cuerpo al sol en lo que viene siendo la postura estándar del verano siempre que tengamos silla. Y si no, tumbadas sobre la arena y perfectamente posicionadas para seguir con nuestro cuerpo el avance del sol durante el día entero aunque eso implique terminar con una postura que ni los mejores expertos en yoga considerarían natural.

Los primeros veinte minutos pasan rápido, pero llega un momento en el que no sabes qué hacer porque aunque tienes calor, la arena quema y que el agua está tan sumamente fría que nada mas acercarte a ella se te quitan de golpe las ganas de bañarte. Al final te acercas corriendo a saltitos hasta la orilla y con un poco de agua por aquí y otro poco por allá, ya tenemos suficiente para aguantar otro buen rato al sol. Y es que eso del chapuzón es solo para valientes y el morenear necesita de mucho sufrimiento.

De vuelta a la toalla hay que ponerse un poco de crema porque además de echarla tres horas antes de ponerse bajo el sol también hay que volver a untarse una vez que te mojas. Siendo sinceros, creo que este ritual es bastante minoritario. Y ahora, que con tu sombrero y las gafas de sol ya estás toda divina, llega la hora de la lectura. El postureo playero obliga a tener entre tus manos algo susceptible de ser leído. El contenido no importa. Bien vale una revista que nos cuente las nuevas hazañas de Paquirrín, como el último best-seller del panorama internacional. En gustos no hay nada escrito. Pero tras pasar un par de hojas con los dedos sumidos en una mezcla de arena y crema, el calor empieza a nublarte la vista y simplemente sujetas tu lectura por no volver a guardarla y perder esa pose cómoda que tanto te ha costado lograr.

Siempre hay quien va un paso más allá en esto del postureo de playa y se planta en los arenales cargadas de pulseras, abalorios y maquillaje waterproof. Pero el exceso tiene sus peligros. Por un lado los adornos impiden conseguir ese moreno uniforme que tanto buscamos, y por otro, las pinturas (que tendrán mucho de water, pero poco de proof) mezcladas con el agua y el sudor de los rostros consiguen un efecto, digamos un tanto picassiano que convierte a quienes lo usan en el centro de atención aunque no del modo que quisieran.

Para ellos el tema de la playa es mucho más sencillo. No porque necesiten menos cosas, que también, si no porque la mayoría se las llevamos en nuestro bolso de Mary Poppins. Ellos llegan, te colocan la sombrilla, estiran su toalla sin prestarle ni el más mínimo interés a la dirección del sol y se dan un chapuzón mientras nosotras aún estamos en pleno proceso de instalación. Y casi sin tiempo para que los rayos de Lorenzo empiecen a hacer su trabajo sobre nuestra melanina, regresan y te sueltan un: «Me voy al bar. ¿Me pasas la cartera?».

Porque la condición imprescindible de muchos hombres para que una jornada de playa se convierta en un éxito rotundo es que lo más cerca posible haya un buen chiringuito en el que descansar y tomarse algo entre baño y baño.

Al final de la jornada hay algo que nunca falta: las arenas pegadas a los pies que acabarán por formar parte de la decoración veraniega de tu coche. Pero nada de eso molesta porque hay sol. Mucho sol. Y el moreno sí importa.