Pecando contra el segundo...

SOCIEDAD

Gil Kenan dirige una nueva versión de la película «Poltergeist», cuya versión homónima de 1982 tuvo como coguionista a Spielberg

10 jun 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Dejemos a Moisés al margen. El segundo mandamiento se refiere a ese otro que, en cosa de cine, dicta: «No tomarás en vano un éxito anterior para estropearlo?». La versión homónima de 1982, con Spielberg entre los coguionistas y el simpático Tobe Hooper -sus terrores son adictivos, desde que filmó en 1972 la todavía inquietante La matanza de Texas- en la dirección, tenía su coña y, con el tiempo, ya es un clásico ochentero, más tarde imitado en sus esencias hasta el empacho, casa maldita incluida. En esa manía de aprovechar que llega el millonario tren de los efectos digitales, para volver a recrear lo que otros filmaron antes con fortuna, es el turno de Poltergeist. De paso, provocar la decepción de la crítica, aunque les importe un bledo. Otra cosa es el público, sobre todo el más joven, que responde a la taquilla y seguramente desconozca el original. Y el despilfarro, claro. ¿No habría sido mejor y mucho más barato someter a un lifting digital la versión de Hooper?

Hay además un precedente feliz: El exorcista (William Friedkin, 1973). En el 2000, la Warner invitó a su director a sumar secuencias descartadas y a revitalizar efectos, imagen y sonido. El resultado fue un taquillazo después de haber penado la franquicia durante un cuarto de siglo, con nuevas entregas, a cada cual más bodriete. Sobre todo, y sin entrar en detalles para evitar spoiler, porque la que ahora dirige el británico Gil Kenan (Monster House, 2006) casi nada aporta a aquella historia, aunque saque de oficio -anótese que la foto es de nuestro paisano Javier Aguirresarobe, hoy bien asentado en el fantástico de Hollywood- y se atenga al argumentario-base del puro entertainment, que de eso se trata. Aparquemos la verosimilitud, que lo tiene muy crudo con esta variante del género. Ya puestos, ante tanta casa embrujada y derivados, lo más fácil sería dinamitarla a los cinco minutos, mandando así al otro barrio (o a otra dimensión, o al más allá, qué más da?) a cuanto bicho azufroso y tiñoso anide en ella. Pero, claro, aquí sería un problema, no habría película y nos cargaríamos a la cría protagonista, quizá lo mejor de esta frivolidad. Con lo sencillo que es estrujarse las neuronas en busca de tramas originales. A los guionistas les pagan para eso.