Los guantes de Muhammad Ali

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado ESCRITOR Y PERIODISTA

SOCIEDAD

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Firmados, cuelgan en uno de los despachos de Barack Obama en la Casa Blanca. A pesar de eso, el primer presidente negro de Estados Unidos prefirió no asistir al funeral del boxeador

11 jun 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Parece ser que los guantes de Muhammad Ali, firmados, cuelgan en uno de los despachos de Barack Obama en la Casa Blanca. Están debajo de una fotografía famosa: aquella en la que Ali hace gesto de desafío a un Sonny Liston tendido en la lona.

A pesar de eso, el primer presidente negro de Estados Unidos prefirió no asistir al funeral del boxeador. Quizás Obama comprende que la memoria de Ali no es tan fácilmente asimilable, ni siquiera por él. Al menos lo comprende mejor de lo que lo comprende Bill Clinton, un representante casi perfecto de lo que el joven Ali más llegó a odiar.

Con la memoria de Muhammad Ali ha pasado lo mismo que con la de Nelson Mandela: se glosa al anciano, no al joven. Ocurre muchas veces, cuando se quiere domesticar el legado del rebelde que acaba triunfando: se le recuerda por lo que hizo cuando dejo de ser, no por lo que hizo cuando fue. El Mandela al que se recordó en aquel funeral masivo, al que asistieron tantos jefes de Estado, era el de las ultimas décadas de su vida; un icono cómodo, con sus llamadas a la no-violencia, su discurso sensato y romo. Probablemente, este era un Mandela necesario, hasta puede que mejor en algunos sentidos; pero ese Mandela nunca hubiese llegado a nada sin el otro: el tipo duro, el militante comunista que organizo una facción armada, enterró unas pistolas en una granja y aguantó una vida de trabajos forzados sin doblegarse.

Con Muhammad Ali sucede lo mismo. Lo que enfervorecía a millones en todo el mundo cuando Ali peleaba era su ira, su orgullo, su resentimiento. Era un luchador político, para bien y para mal. Cuando se convirtió al islam y se cambio de nombre - «Cassius es mi nombre de esclavo», decía él-, lo hizo para escenificar que no se consideraba ya un norteamericano. Se negó a luchar en Vietnam no por pacifismo, sino por simpatía con la causa del Vietcong. Tiró su medalla de oro olímpica al río Ohio porque no quería ser un ídolo de los blancos. Muchas de sus declaraciones, leídas ahora, producen cierta incomodidad: son indiscutiblemente racistas. Pero olvidamos que eran precisamente aquella furia permanente, aquel desasosiego, aquella provocación, los que convirtieron a Ali en una leyenda.

Para mí, lo verdaderamente conmovedor es que, en el fondo, luchaba contra sí mismo. Después de su conversión, a los púgiles que le llamaban Cassius les golpeaba de manera especialmente brutal y les exigía, cuando ya estaban tumbados en la lona, que pronunciasen su nombre una y otra vez. En cierto modo, era a ese nombre de Cassius a quien pegaba. Todos los boxeadores pelean con su sombra para practicar, pero da la impresión de que Muhammad Ali lo hacía también en el ring.

Es cierto que, llegado un momento, Ali se calmó y se hizo mas tolerante, se convirtió en un filántropo y en un hombre de paz. En un gesto de reconciliación con su país, pidió ser el abanderado del equipo norteamericano en los Juegos de Atlanta. Le dieron otra medalla de oro para reemplazar la que había tirado al río. En esos años, ya enfermo y con poco dinero, fue cuando se dedicó a firmar guantes de boxeo para venderlos y ganar algo. No sé si esos son los que tienen Obama en su despacho.

En cuanto a su nombre, Muhammad Ali estaba equivocado. Cassius no es un nombre de esclavo. Era uno de los conjurados que mataron a Julio Cesar para librar a Roma de la tiranía. En Shakespeare, hay una linea en la que dice: «Y Cassius liberará a Cassius».