A principios de mayo de 2011 me vino a ver Jorge Mira al despacho: «no olvides que tenemos pendiente el asunto Fonseca». Se refería al premio Fonseca -instituido pocos años antes y que había sido obtenido en sus primeras ediciones por Stephen Hawking, James Lovelock y David Attenborough-, ya que yo era parte del jurado ese año. Habíamos barajado muchos nombres pero había algo que parecía inquietarle: «creo que ya te conté que cuando establecimos el premio tuvimos el cuidado de redactar las bases de modo que incluyeran a personas que fueran referentes públicos de la ciencia o la tecnología; pensaba en alguien como Neil Armstrong». Tras decirle que sí, que ya me lo había comentado, agregó «ya sé que es imposible, por lo que estaba pensando en Buzz Aldrin».

«¿Imposible? ¿Por qué? El palmarés es suficientemente contundente como para que se muestre interesado», atiné a decir, pero Jorge fue tajante: «es imposible contactarle, está totalmente alejado de la esfera pública, en cambio Buzz…». Vimos la página web de Aldrin y su impronta comercial, acentuada por la presencia de una llamativa Space Shop, no fue precisamente estimulante. En cuanto vi que un decepcionado Jorge volvía a la lista de candidatos de siempre, le dije sin pensarlo demasiado «intentémoslo con Armstrong; dame media hora para explorar la forma de llegar a él». Jorge dio media vuelta con una sonrisa dibujada en el rostro y se dirigió resuelto a la puerta.

Me quedé solo. Tras una rápida búsqueda en Internet comprobé cuán cierto era que Neil Armstrong se mantenía lejos de los focos. Rechazaba todas las biografías que se habían escrito sobre él, salvo una: El primer hombre, de James Hansen. En pocos segundos comprobé que Hansen era profesor en la Universidad Auburn de Alabama, busqué su dirección de correo electrónico y le escribí. No había transcurrido la media hora preceptiva cuando recibí su respuesta: «le haré llegar su mensaje a Neil Armstrong». Me apresuré a darle la noticia a Jorge, algo de lo que luego me arrepentí; pasaban los días y no había noticias del primer ser humano en pisar la Luna.

El 24 de mayo, cerca de las 6 de la tarde, me llegó un mensaje de un tal Lorian; ¿asunto? «Re: Fonseca Prize». «Estimado Profesor Edelstein, muchas gracias por su muy amable carta, reenviada por el profesor 2 Hansen. Me hace un gran honor sugiriendo que yo merezco una nominación para el Premio Fonseca. Si bien soy ingeniero, es cierto que he ostentado el título de Científico de Investigación Aeronáutica y he hecho algo de ciencia durante mi carrera. Y es cierto que me he encontrado frecuentemente con la ciencia y la he admirado a lo largo de mi vida; y he comunicado mi fascinación por ella en conferencias y artículos escritos. Pero decir que estoy calificado para recibir un premio de comunicación científica sería una exageración con la que no podría estar de acuerdo. Bill Bryson es un no-científico que, sin embargo, tiene una habilidad remarcable para entretener, inspirar y fascinar a sus lectores en materia científica. Y yo he disfrutado con los escritos de varios verdaderos científicos cuyas habilidades para hacer que lo complejo resulte entendible están muy por encima de mis humildes facultades. De modo que tengo que ofrecerle mi más sincera gratitud por su más que generoso elogio y mi pesar por no estar calificado para aceptar la nominación. Sinceramente, Neil Armstrong».

Leí dos o tres veces el correo con el corazón desbocado, a pesar de la respuesta negativa. Pensé que no le había quedado claro que su candidatura estaba basada en su carácter de referente público de la ciencia, dado que su nombre es sinónimo de la propia carrera espacial, y me apresuré a responderle. Le agradecí su correo y empecé por señalar que su carta era una muestra admirable de humildad e integridad intelectual; no es habitual encontrarse con alguien que rechace un premio por no sentirse merecedor de él. Le expresé las razones por las que su candidatura era adecuada, el carácter legendario e inspirador de la misión Apolo 11 y su impacto en la actividad científica en el campo de la investigación espacial a lo largo de décadas. Me despedí diciéndole que a la admiración que siempre me despertó su aventura se acababa de sumar una nueva razón: la honestidad intelectual que desprendían sus líneas.

La respuesta tardó unos días en llegar. El 30 de mayo, cuando ya no lo esperaba, Lorian volvió a escribirme. «Estimado Profesor Edelstein, he apreciado muchísimo su mensaje tan amable. ¡Muchas gracias! Gracias también por los detalles que subrayan la amplitud del Premio Fonseca. Sus líneas han sido muy persuasivas. Lo he discutido en algún detalle con mi esposa y ambos acordamos que mi decisión anterior era la correcta y debía ser mantenida. De modo que voy a declinar nuevamente su propuesta con mi más profunda gratitud. Le envío mis mejores deseos, Neil Armstrong». 

El 1 de julio llegó la convocatoria al jurado del Premio Fonseca. Yo estaba en Uppsala, en la conferencia anual de Teoría de Cuerdas, y había estado preguntando a colegas de Princeton por el estado de salud de Freeman Dyson, eterno candidato. La reunión del jurado tuvo lugar el miércoles 27, a las 11:30, en el Salón Rectoral del Pazo de San Xerome. El cuarto ganador fue nuevamente británico, el legendario matemático Roger Penrose. Vino a Santiago de Compostela en noviembre y dio una maravillosa conferencia sobre una polémica teoría que pretendía echar por tierra a la del Big Bang. Quise cerrar el círculo compartiendo la noticia con Lorian. Esta vez no tuve respuesta. Unos meses más tarde, el legendario comandante de la misión Apolo 11 cuya maniobra en el último segundo permitió preservar la integridad del Módulo Lunar, imprescindible para emprender el viaje de regreso, el hombre del pequeño paso que fue al mismo tiempo un gran salto, dejó este planeta por segunda vez. Su destreza como piloto ya no será necesaria. Ya no volverá

  

Por José Edelstein es profesor de Física Teórica en la USC

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Neil Armstrong y el premio Fonseca