Domingo Ayaso, carpintero de ribeira: «Disto nunca houbo escola»

Representa a la cuarta y última generación de una familia de constructores de embarcaciones de Aguiño, un complejo arte que corre riesgo de desaparecer


ribeira

Era prácticamente imposible que Domingo Ayaso Oujo (Aguiño, 1949) no encaminase sus pasos hacia un futuro en el que el sonido del metal trabajando la madera constituyese la banda sonora original de cada jornada. Este artesano es uno de los últimos grandes maestros de un oficio que corre riesgo de desaparecer, la carpintería de ribeira, y representa a la cuarta y última generación de una familia que ha permitido que incontables embarcaciones se echasen al mar.

Con tan solo ocho años, Ayaso ya empuñaba las herramientas para fabricar sus propios juguetes, una billa -estornela- o un barco. A los 14, el ribeirense comenzó a trabajar en el negocio que fundó su bisabuelo. El primer encargo en el que trabajó codo con codo junto a su padre y su hermano se trataba de crear varias partes de un cerqueiro. «Era a época na que apareceu a pescada, gañábanse moitos cartos no mar e había encargos de barcos novos case a diario», recuerda el carpintero naval.

Lo cierto es que nunca les faltó el trabajo. Tanto que Ayaso reconoce que «nunca tiven vacacións», en horario de nueve de la mañana a nueve de la noche de lunes a sábado, durante los más de 50 años que pasó dando forma a las almas de las más representativas embarcaciones de la zona, las dornas. «Entre os tres igual faciamos 20 dornas ao ano; eu só podía sacar unhas sete», explica, ya que desde el 2000 tuvo que hacerse cargo del taller hasta su jubilación.

Para tratarse de una parroquia tan vinculada al mar como es Aguiño Domingo Ayaso nunca se subió a una dorna para pescar. Lo hizo en contadas ocasiones por placer, para navegar hasta la isla de Sálvora, en el mismo trayecto que su madre realizó en su día desde la aldea insular donde nació hasta Aguiño. De ahí la importancia de la dorna, medio de vida y de transporte para muchos.

Falta de relevo

«Disto nunca houbo escola, e moitos dos fillos de carpinteiros preferiron estudar para médicos», ironiza Ayaso para retratar la problemática que afronta este sector, con la progresiva desaparición de los astilleros y talleres y la carencia de relevo generacional. «Estamos nunha situación complicada, e mentres tanto subvencionan o poliéster fronte á madeira», señala el experto sobre otro factor que ha ido desplazando este arte.

No obstante, Domingo Ayaso siempre se ha caracterizado por compartir su conocimiento, una cuestión que le llevó a redactar un pequeño paréntesis en su retiro.

Además de realizar una dorna de ocho metros para un club de regatas de Vilanova, la mayor que construyó nunca, el pasado curso se convirtió en profesor de profesores, ayudando a docentes del CIFP Coroso a crear una pequeña reproducción, Encarna, que hoy se exhibe en el centro.

El trabajo de Domingo Ayaso nunca pasó desapercibido, tanto que fue merecedor del Dolmen de Ouro, además del reconocimiento del colectivo de la Real e Ilustre Cofradía da Dorna y el prestigioso Premio de Artesanía de Galicia, pero el ribeirense siempre deja claro que «eu só recollín eses premios por ser o último, pero o traballo foi de toda a familia».

Un mes

Es, aproximadamente, el tiempo necesario para construir una dorna

Medio siglo

La trayectoria profesional de Ayaso supera los 50 años como artesano

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